Isabel, cegada por su propia arrogancia, olvidó seguir corriendo y Pedro logró alcanzarla, arañándole el brazo.
—¡Lárgate! ¡Suéltame! —Isabel pateaba con furia a Pedro, quien emitía gruñidos bestiales.
Nerea, en ese momento, no tenía tiempo para preocuparse por Isabel. Miró al guardaespaldas que acababa de entrar a reportar la situación.
—¿Cuántos son?
—Más de diez. Han estado ocultos bajo el agua, aprovecharon un descuido para subir por la popa.
—Iré a ver —dijo Nerea, dispuesta a salir.
—Nere —la detuvo Cristian con voz preocupada—, yo iré. Tú quédate aquí.
Nerea se volvió para mirarlo.
—Si sientes que ya viviste suficiente, adelante. Ve tú.
Cristian tomó el arma que le ofrecía el guardaespaldas y salió sin dudarlo, con una determinación inquebrantable.
Yago, que iba unos pasos atrás, pasó junto a Nerea. Intentó contenerse, pero no pudo.
—Directora Galarza, ¿por qué no intenta detener al señor Vega?
Nerea soltó una risa seca, carente de humor.
—¿Y por qué habría de hacerlo? Si se muere, mi hijo hereda el Grupo Vega y yo quedo como la que manda. ¿Qué tiene de malo?
Yago se quedó sin palabras ante su frialdad.
Preocupado por la seguridad de Cristian, Yago salió corriendo con los guardaespaldas detrás de él.
Una vez que se fue, Nerea se dirigió a Carina.
—Quédate aquí. Si entra alguien y puedes con él, adelante. Si no, suelta a Pedro.
Carina sujetó a Nerea del brazo cuando esta intentó irse.
—¿A dónde vas?
—A revisar bajo el agua.
La lancha rápida en la que habían llegado seguía cerca. Era una patrullera de alta velocidad, capaz de alcanzar 93 kilómetros por hora. En cinco minutos podrían alejarse unos siete kilómetros.
Mientras su cerebro calculaba, sus manos no se detenían. Desmontó la bomba con destreza, la tomó entre sus brazos y nadó velozmente hacia la lancha. Subió a bordo, encendió el motor y aceleró a fondo hacia el horizonte.
—¡Nere! —gritó Cristian desde la cubierta al verla alejarse.
Cinco minutos después.
¡Bum! La explosión retumbó y levantó una enorme columna de agua.
Al escuchar el estruendo, Cristian giró la cabeza con horror.
—¡Nere…!
—¡Jefe, cuidado! —gritó Yago aterrorizado.
¡Bang!
Una bala impactó a Cristian.

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