¿Acompañante de Cristian?
Normalmente, a Nerea no le importaba adónde Cristian llevara a Isabel; podía serle indiferente. ¡Pero hoy no!
Cristian conocía perfectamente la relación entre los Galarza y los Aranda. Siendo la boda de David Aranda, era obvio que toda la familia Galarza estaría presente.
Lo sabía, y aun así, llevó a Isabel descaradamente, paseándose por ahí sin importarle en lo más mínimo los sentimientos ni el honor de su familia.
Doña Belén ya había visto a Cristian. Retiró la mirada con indiferencia y palmeó suavemente la mano de Nerea.
—Vamos. Hoy es la boda de los Aranda, no armen escándalos, sería de mal gusto.
Estefanía tenía el rostro lívido. Si no fuera por la abuela, ya habría corrido a darle un par de bofetadas a Cristian y a esa tal Isabel.
Jaime fulminó a la pareja con la mirada, sus ojos echaban chispas. Siguió a su familia refunfuñando.
Isabel miró a Cristian con aire de inocencia y desamparo.
—¿Cris?
Cristian le palmeó la mano para consolarla.
—No pasa nada.
Como los Galarza y los Aranda eran amigos de toda la vida, tras dar las felicitaciones y dejar el regalo, Samuel y Emilia los condujeron rápidamente al salón de banquetes.
Se dieron prisa, como si quisieran evitar que respiraran el mismo aire que Cristian e Isabel.
Una vez que los Galarza tomaron asiento, Samuel y Emilia no se quedaron mucho tiempo, ya que tenían deberes como padrino y dama de honor.
Al salir, se cruzaron con otro de los padrinos que guiaba a Cristian e Isabel hacia el salón.
Pasaron de largo, fingiendo no verse. Si no era necesario, no se saludarían.
Pero Samuel y Emilia jamás imaginaron que aquel padrino llevaría a Cristian e Isabel justo a la mesa de la familia Galarza.
Los Galarza y la pareja se miraron, en un silencio sepulcral.
Nadie esperaba que los sentaran en la misma mesa.
El padrino, que probablemente le faltaba un tornillo o no sabía leer el ambiente, no notó la tensión y amablemente les recorrió la silla a Cristian e Isabel.
Y eso que Samuel les acababa de decir que había arreglado todo para que Cristian se sentara en la mesa más alejada posible.
Nerea preguntó, intentando mantener la educación:
—Disculpa, ¿no te habrás equivocado de lugar?
El padrino sacó la tarjeta de asignación de asientos.
—No, es aquí. Mesa «Amor Eterno».
El joven asintió a todos y se marchó.
Aunque en el salón sonaba música dulce y alegre, aquel rincón parecía aislado, envuelto en una atmósfera gélida y extraña.
Cristian asintió hacia doña Belén a modo de saludo.
—Mis respetos, señora.



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