Isabel, cegada por la ira y completamente fuera de sí, se abalanzó sobre Nerea con la intención de golpearla. Sin embargo, los guardaespaldas de Diego reaccionaron al instante, interponiéndose entre ellas para proteger a Nerea.
—Cuidado, señorita Galarza.
Eran los mismos escoltas que la habían acompañado de compras el día anterior y que habían recibido obsequios de su parte.
Se escuchó el sonido seco y contundente de una bofetada.
Diego había golpeado a Isabel con todas sus fuerzas. El impacto fue tal que Isabel giró sobre sí misma antes de caer al suelo; la mitad de su rostro comenzó a hincharse de inmediato, deformándose visiblemente.
Isabel se cubrió la cara con las manos y, entre lágrimas de desesperación, intentó justificarse:
—Diego, escúchame, por favor. Solo estaba tratando de defenderte, estaba tan enojada... Nerea me sacó de quicio, perdí la cabeza y dije cosas sin pensar. No era mi intención, te lo juro. Todo es culpa de Nerea, todo es por ella, Diego.
El pecho de Diego subía y bajaba agitadamente, sus ojos estaban inyectados en sangre y las venas del cuello se le marcaban por la furia. Rugió con desprecio:
—¡Cállate, Isabel! Me das asco.
Diego apretó los puños y se dio la vuelta, temiendo que si la seguía mirando no podría contenerse y volvería a golpearla.
—¡Sáquenla de aquí ahora mismo!
Ante la orden de Diego, los guardaespaldas avanzaron de inmediato, levantaron a Isabel del suelo con brusquedad y comenzaron a arrastrarla hacia la salida.
—¡Suéltame! ¡Suéltame!
—¡Diego! ¡Diego, por favor!
Los hombres ignoraron sus gritos y forcejeos, arrastrándola con frialdad hacia el exterior. No muy lejos se encontraba la villa donde se celebraba el banquete. Al escuchar el alboroto, los invitados salieron al jardín y observaron a la distancia cómo Isabel era sacada a la fuerza, arrastrada como un animal.
Isabel gritaba, humillada:
—¡Suéltame, puedo caminar sola!
Los escoltas hicieron oídos sordos; solo obedecían a su patrón. Isabel fue arrojada sin miramientos fuera de la propiedad de los Zamora. Alguien preguntó al mayordomo qué estaba sucediendo.
El mayordomo respondió con una sonrisa cortés:
—La basura se saca a la calle, ¿no es así?
Los presentes asintieron, devolviendo la sonrisa.
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