—Dejar que se metan con tu hija y aguantar callada para quedar bien no es ser sensata, eso sí que es una vergüenza para la familia —respondió Tatiana sin pelos en la lengua.
—Vaya, no sabía que la señora Palma se había vuelto tan respondona —dijo la señora Oriana frunciendo el ceño—. Se nota que esta hija que acaba de reconocer la ha contagiado bastante.
Al decir esto, le echó un vistazo a Doris. Aunque la actitud tan descarada de la muchacha le molestaba, tenía que admitir que su temple era admirable; no mostraba ni una pizca de miedo frente a ella.
—No sé qué clase de encanto tendrá esa muchacha de los Palma, pero de la noche a la mañana ha hecho que medio Solara la vea con otros ojos.
—Porque Doris es excepcional —respondió Tatiana sin dudarlo.
—¿Excepcional? —Oriana soltó una risita de desprecio ante esa respuesta; no se creía ni una palabra de los rumores que corrían sobre la señorita Palma—. En Solara lo que sobran son jóvenes excepcionales. ¿Qué tan excepcional puede ser una curandera de pueblo que acaban de traerse de quién sabe dónde?
—Porque usted ya está grande y los árboles no la dejan ver el bosque —dijo Tatiana sin rodeos.
Doris soltó una carcajada.
—Mamá, cada día tienes la lengua más afilada —la elogió.
Tatiana se sonrojó al instante.
—Bueno, todavía me falta un poco para alcanzarte.
Oriana se quedó sin palabras.
«¡¿Y se ponen a comparar?!».
Llevaba demasiado tiempo en su posición como para que dos advenedizas de una familia inferior le faltaran el respeto de esa manera.
Su voz se volvió más fría y, con un deje de sarcasmo, dijo:
—Anoche, la fiesta de compromiso de esta muchacha de los Palma con el señor Villar… Aunque nosotros los Carrasco no fuimos invitados, vi las noticias. Vaya que fue un evento por todo lo alto. Se ve que no solo el señor Villar, sino hasta el viejo Enrique, está más que satisfecho con esta nieta política…
Benicio no podía tolerar que Doris le faltara el respeto a su madre de esa manera.
—¡Creo que de verdad viniste a buscar la muerte a la casa de los Carrasco! —le espetó—. ¡Pues hoy mismo te la voy a dar, a ver si el viejo decrépito de los Palma se atreve a declararnos la guerra por ti!
Dicho esto, tomó un intercomunicador que estaba en el sofá y ordenó con furia:
—¡Que vengan varios hombres al salón principal ahora mismo!
Tatiana se puso nerviosa. El abuelo les había dicho que trajeran guardaespaldas, pero Doris insistió en que no harían falta y no trajeron a ninguno.
¿Qué iban a hacer si el señor Carrasco de verdad les ponía una mano encima?
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