Al llegar al edificio de oficinas de Entretenimento Estrela, Doris subió al segundo piso. Se acercó al escritorio más cercano para preguntar dónde estaba la oficina del director general y, tras un breve «gracias», se dirigió directamente hacia allá.
Los mánagers, asistentes y personal de relaciones públicas que estaban trabajando levantaron la vista para observarla.
—¿Quién es ella?
—No sé, supongo que es una nueva artista.
—Tiene un estilo muy particular, diferente al de las demás artistas de la compañía.
Doris abrió la puerta de la oficina del director y frunció el ceño.
No esperaba encontrar a Ricardo y a Patricio Palma ahí dentro.
Ricardo estaba recostado en la silla de su escritorio, sosteniendo un documento mientras escuchaba con atención el último informe de su secretaria, Jael.
Patricio, por su parte, descansaba en un mullido sofá de cuero. Su traje de alta costura, perfectamente entallado, realzaba su esbelta figura, aunque su rostro reflejaba una profunda melancolía.
Al ver a Doris, los ojos de Patricio se iluminaron. Se levantó del sofá con un movimiento tan rápido que pareció torpe y se acercó a ella en un par de zancadas. Extendió la mano, intentando tomar la suya, y dijo con voz emocionada:
—Dori, ya llegaste.
Su voz denotaba una alegría incontenible, como si hubiera esperado ese momento por mucho tiempo.
Sin embargo, Doris reaccionó como si la hubiera tocado algo repugnante. Se apartó bruscamente para esquivar su mano y pasó a su lado con una expresión gélida.
Fijó su mirada helada en Ricardo, que seguía sentado en la silla principal.
—Ricardo, Entretenimento Estrela ahora está bajo mi dirección. ¿Qué sigues haciendo aquí?
La mano de Patricio quedó suspendida en el aire. Una sombra de dolor cruzó su mirada y, por un instante, pareció un cachorro abandonado.
No dijo nada. Simplemente se dio la vuelta en silencio, regresó al sofá y se sentó, observándola fijamente.

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