Jael se quedó callado un momento.
—Solo me preocupaba por usted...
—No hace falta, estamos en la empresa, no se atreverá a matarme aquí.
Doris caminó hacia su oficina. Al pasar por la recepción, echó un vistazo casual a Lina a través del cristal, pero siguió de largo hasta su despacho.
Lina la vio, por supuesto.
Se levantó de un salto, salió de la recepción, corrió tras Doris, entró en la oficina de presidencia y cerró la puerta de un portazo.
—¡Pum!
Doris ni se inmutó. Llegó a su escritorio, se sentó, dejó su bolso y encendió la computadora como si nada.
Apenas se iluminó la pantalla, una sombra cayó sobre el escritorio.
Lina estaba de pie frente a ella, fulminándola con la mirada.
—Doris, tú mandaste a esa tal La Dientona a matar a mi hijo, ¿verdad?
—Podría demandarte por allanamiento y difamación —dijo Doris recostándose en la silla, sosteniendo la mirada venenosa de Lina.
Lina apoyó las manos en el escritorio.
—Déjate de estupideces. Conozco tus trucos.
»Hiciste que La Dientona matara a mi hijo porque ella es gente de Damián. Querías que mi esposo y yo sospecháramos de Damián para ponernos en su contra, ¿me equivoco?
Doris soltó una carcajada.
—¿Ves muchas series de detectives o qué? Ahora resulta que eres Sherlock Holmes.
»Ni siquiera conozco a esa tal Dientona.
—¿Qué quieres decir?
—Tu esposo debe estar haciéndose una prueba de paternidad con el cadáver de tu hijo justo ahora. —Doris apretó la mano y la grabadora crujió hasta romperse. Luego tiró los pedazos a la basura.
¿Prueba de paternidad?
¡Con su hijo muerto! ¿Por qué haría Xavier eso?
¡Xavier nunca había dudado de su fidelidad!
Lina se puso pálida y gritó con voz distorsionada:
—¡¿Qué hiciste?!
Doris continuó:
—Es curioso lo mucho que confía tu esposo en ti, nunca se le ocurrió que Diego no fuera suyo.

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