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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 674

Lina se estrelló contra la puerta de la oficina. Sintió que las entrañas se le revolvían. Al levantar la vista, vio a Doris mirándola como si fuera una cucaracha. Se agarró el estómago y gritó:

—¡Loca! ¡Eres una maldita loca! ¡Ojalá te mueras de la peor forma!

En ese momento, Jael entró con los guardias de seguridad.

—¡Saquen a esta vieja de aquí! ¡Rápido!

Doris observó inexpresiva cómo arrastraban a Lina fuera de la oficina.

Jael suspiró aliviado.

—Señorita Palma, ¿está usted bien?

—Sí, no es nada.

Doris tomó su bolso del escritorio.

—¿A dónde va, señorita?

—Al cementerio. —Y salió sin más.

Jael se quedó confundido. ¿Se le murió alguien a la jefa?

...

En un cementerio, aunque había dejado de nevar, la nieve cubría las lápidas.

Dos ancianos que habían perdido a su familia caminaban con dificultad llevando flores. Al llegar a la tumba de su hijo, nuera y nieta, vieron que ya había un ramo fresco ahí.

Se quedaron pasmados, mirando alrededor, pero no vieron a nadie conocido.

En dos años, nadie más había visitado esa tumba.

Habían ido porque escucharon que el asesino de su familia había muerto de la misma forma, y sintieron la necesidad de ir.

—Gracias...

Los ancianos se arrodillaron frente a la lápida y, conmovidos, agradecieron al cielo y al extraño que dejó las flores.

Si la prueba de ADN confirmaba que Diego no era hijo de Xavier, estaba muerta.

Llamó a la sirvienta que tenía comprada para asegurarse de que Xavier no estuviera. Al confirmar que la casa estaba sola, entró para hacer las maletas.

Pero en cuanto cruzó la puerta, dos guardaespaldas le bloquearon la salida.

—Señora, el señor la está esperando.

Lina se heló. ¡Xavier estaba en casa!

¡Calma! ¡Los resultados no salen tan rápido!

Entró a la fuerza. En la sala, vio a la sirvienta y a Donato atados y arrodillados en el suelo.

Ariana estaba sentada en el sofá, mirándola con satisfacción.

Xavier sostenía un celular, viendo un video con cara de piedra.

Desde el teléfono se oía el llanto de Donato: «Joven... mi niño, ¿por qué?... ¡No!».

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