Dicho esto, Patricio miró por la ventanilla, viendo cómo los rascacielos retrocedían, igual que sus veinticuatro años de vida.
Adiós, Solara.
Adiós, Dori.
***
Como era sábado y descansaba, Doris no fue a Entretenimiento Estrella, sino que pasó a ver a Dalia.
—¡Jefa, buenos días! —Dalia se mostró muy contenta con la visita de Doris.
Doris asintió. —Buenos días. Dalia, ¿y Paola?
Dalia saltó al sofá, se puso la laptop en las piernas cruzadas y dijo: —En el cuarto.
Miró la puerta cerrada de la habitación contigua y susurró: —Jefa, Paola lleva dos días encerrada ahí, quién sabe qué hace.
Doris sabía bien que Paola aún no superaba el haber sido forzada y torturada por Iván. —Ahorita me la llevo a dar una vuelta.
Dalia asintió: —¡Sí! Le vendrá bien distraerse un poco, jefa.
Doris no iba a llevar a Paola a distraerse.
Iba a hacerle entender que, si se suicidaba, su muerte no tendría ningún sentido.
En lugar de tener el valor para suicidarse, ¡mejor usar esa vida para enfrentarse a los malditos que orillan a tanta gente al suicidio!
—¡Jefa! ¿Puedo ir yo también de metiche? —preguntó Dalia parpadeando con esperanza antes de que Doris se fuera.
Doris arqueó una ceja. —¿Ya acabaste tu trabajo?
Dalia se desinfló. —...No.
—Entonces sigue trabajando.
Dalia hizo un saludo militar: —¡Entendido, jefa!
Doris caminó hacia la puerta cerrada y tocó. —Paola.
Después de un rato, la puerta se abrió y apareció Paola.


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