Llegué a dudar seriamente si de verdad merecía ser feliz.
En ese momento, de repente pensé en Iván; parecía haberse convertido en la única persona en mi vida en la que podía apoyarme.
Me senté en el sofá, agotada, escuchando una pregunta tras otra de parte de Matías. Al principio le contestaba con paciencia, hasta que preguntó sobre el asunto del embarazo.
—A ver, tú, ¿cómo es que no lo logras?
Con la cara llena de cansancio, me sostuve la frente y dije: —No lo sé, no me preguntes.
—¿Y a quién le voy a preguntar si no es a ti? Ustedes dos están todo el día…
Sus palabras se clavaron como un cuchillo en mi corazón. Lo miré con furia. Matías se dio cuenta de que me había molestado, así que se agachó rápidamente para tomarme de la mano, pidiéndome perdón con cara de perro regañado.
—Mi amor, ya sé que te estoy haciendo pasar un mal trago, soy un inútil, todo es mi culpa, perdóname.
Se recargó en mis piernas y empezó a llorar, abrazándome fuerte. Me ablandé, le sobe la espalda y le dije: —No digas eso. Él es muy precavido conmigo, siempre se cuida.
Matías levantó la cabeza, con los ojos llorosos, me agarró la mano y la besó. —Mi amor, lo que estás haciendo por esta familia lo voy a tener presente siempre, te voy a deber la vida entera.
Por un instante, el consuelo de Matías calmó el resentimiento que había acumulado esos días.
—Levántate —le dije jalándolo hacia arriba.
Matías vio que no tenía buen semblante y, con los ojos rojos, se preocupó. —Isabel, ¿estás muy cansada? Mejor ve a descansar, yo voy a hacer la comida.
Su actitud cuidadosa me ablandó tanto que no tuve corazón para reclamarle nada más.
—El cliente que vimos esta vez fue muy difícil, la verdad sí estoy muy cansada.
Matías me acompañó a la recámara, me calentó un vaso de leche, esperó a que me lo tomara y me tapó con las cobijas antes de salir.
Por fin pude descansar en paz. No sé hasta qué hora dormí, pero cuando Matías me despertó, ya estaba oscuro afuera.
Pregunté medio dormida: —¿Qué hora es?
Matías dijo suavemente: —Ya pasan de las siete, levántate a cenar.
Me senté a la mesa sin fuerzas; había dos guisados y una sopa, todo lo que me gustaba.

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