Al caer la noche, Víctor recordó que la había dejado plantada días atrás. Empujó la puerta de la recámara y tomó su bata para ir al baño.
Entonces escuchó una voz apagada a sus espaldas:
—Víctor, voy a dormir. Vete a dormir al cuarto de visitas.
Los ojos negros de Víctor mostraron un destello de sorpresa. Se giró para mirarla profundamente.
—¿Estás segura?
Desde que ella se embarazó del segundo, dormían separados. Víctor decía que era para no molestarla a ella y al bebé por las noches, pero ahora Alma sabía la verdad: era porque su hermano había muerto y él ya no quería ni fingir.
—Segura.
La poca culpa que el hombre sentía se disipó al instante. Soltó una risa fría.
—Está bien.
Alma cerró los ojos, temblando ligeramente bajo las sábanas. Solo de pensar en esa habitación llena de fotos, sentía náuseas.
«Aguanta un poco más, pronto terminará».
Al día siguiente, Alma fue despertada por las sacudidas de su hija.
—¡Mamá, eres mala! ¿Por qué no me has hecho el desayuno?
La niña era melindrosa; si no comía el desayuno preparado por su madre, no iba tranquila al jardín de niños.
—Mamá está muy cansada, dile a la empleada que te lo haga.
—¡No quiero! ¡Quiero que lo hagas tú! ¡Mamá, levántate rápido o voy a llegar tarde!
Los gritos de Luna atrajeron a la suegra, Regina.
—Ay, mi vida, ¿qué pasa? Alma, no creas que por estar embarazada puedes darte aires de grandeza. ¿Qué te cuesta hacerle el desayuno a Lunita?
Luna se sentó en el piso haciendo berrinche, llorando a todo pulmón.
—¡Mamá, eres mala! ¡Ya no quiero que seas mi mamá!
A Alma le dolía la cabeza con tanto escándalo.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi marido ama a su cuñada, ¡así que me convertí en su tía!