Al salir, soltó un largo suspiro.
Aunque ese hombre le parecía vagamente familiar.
Pablo, que acababa de presenciar cómo Félix coqueteaba con la chica, miró al hombre alto que jalaba la silla frente a él y bromeó:
—Señor Meléndez, ¿no que usted no se acercaba a las mujeres? ¿Qué fue eso?
Félix borró la leve sonrisa de sus labios, recuperando su habitual frialdad.
—Ayudar al prójimo, ¿algún problema?
Pablo soltó una risita y no insistió.
—¿Cómo les fue en la charla?
—El acuerdo de divorcio está firmado, solo falta ver cuándo hacen el trámite. Pero señor Meléndez, no es por hablar mal de su sobrino, pero... las ramas secundarias de la familia siempre tienen esa mentalidad de pueblo chico. —Pablo dio un sorbo a su café—. ¡Quiere quedarse hasta con la patente de su esposa!
Félix entornó sus ojos gélidos.
—¿Qué patente?
—Pues la patente personal de Alma.
Félix levantó la taza de café de la mesa. No pasó por alto la leve marca de lápiz labial en el borde.
—Ajá. ¿Tienes posibilidades de ganar?
—¡Señor Meléndez, hacer esa pregunta es un insulto a mi capacidad!
—Ja. —Félix posó sus labios justo sobre la marca de labial y dio un sorbo suave—. Entonces espero tus buenas noticias. Por cierto, cuida tus palabras, pronto será su exesposa —corrigió.
Pablo se quedó sin palabras.
En la casa de los Meléndez.
Luna regresó del jardín de niños y vio que su tía estaba ahí. Corrió emocionada hacia ella.
—Mami Susi, ya regresaste, Lunita te extrañó mucho —dijo con voz melosa.
Susana le tocó suavemente la nariz a la pequeña y le recordó con dulzura:
—Lunita, pórtate bien, en la casa dime tía, ¿sí?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi marido ama a su cuñada, ¡así que me convertí en su tía!