Alma levantó la cabeza, con la espalda totalmente recta. Sus ojos, claros y firmes, reflejaban una calma absoluta.
—¡No estoy loca! Víctor, esto se acabó.
Alma los echó a los tres de su habitación.
Era la primera vez que una mujer golpeaba a Víctor. Además del ardor en la cara, sentía una furia volcánica en el pecho. Pero más allá de la ira, ¿qué significaba ese "esto se acabó"?
La pequeña, asustada por la apariencia aterradora de su madre, tiró del pantalón de su papá.
—Papá, mamá está...
La niña no encontraba palabras. Parecía que decir que era "mala" no era suficiente para describir la actitud de su madre.
Regina estaba furiosa, golpeando la puerta.
—¡Alma, abre la puerta! ¡¿Cómo te atreves a pegarle a mi hijo?! ¡Sal y da la cara!
—Mamá —frunció el ceño Víctor—, déjalo. Mejor lleva a Lunita a la escuela.
Alma empacó sus cosas y descubrió que toda su vida cabía en una sola maleta.
Metió el informe de la cirugía del aborto y el acuerdo de divorcio en un sobre, dejándolo bajo la lámpara de la mesa de noche. Se llevó la otra copia del acuerdo.
Al abrir la puerta, escuchó vagamente la voz coqueta de una mujer en el estudio del segundo piso.
—Víctor, esta vez Alma se pasó de la raya. ¿Cómo pudo golpearte? Acércate un poco, te pondré pomada. Al final tú eres el hombre de la casa, ella... ella no debió pegarte.
Víctor miraba a la mujer que tenía en su corazón, cuyos ojos solo lo reflejaban a él. Murmuró con emoción:
—Susi.
Susana sintió un vuelco en el corazón ante esa mirada ardiente.
—Víctor, tú... ¿por qué me miras así? —¡Ah!
Se torció el pie y, por accidente, cayó en los brazos del hombre. Y, casualmente, sus labios rozaron los de él. Aunque fue solo por un segundo.



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