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Mi Marido Prestado romance Capítulo 848

A medida que se acercaba la fecha de parto de Eleonor, Nil, sin dudarlo, redujo la cantidad de citas disponibles para ella en casi un tercio.

Apenas iban a dar las once de la mañana cuando la enfermera entró a recordarle que solo quedaban dos pacientes en la sala de espera.

Eleonor asintió y, justo cuando iba a hablar, la enfermera añadió:

—Ah, por cierto, hay un paciente de primera vez que insiste en que le hagamos un espacio...

Aunque Nil les había dado instrucciones estrictas de no agendar pacientes adicionales para Eleonor a menos que fuera una emergencia, el hombre en la recepción les había invitado a todas el almuerzo pidiendo comida a domicilio.

Era imposible negarse a algo así, y tirar comida era un desperdicio.

Después de todo, un estómago lleno ablanda el corazón...

Eleonor no le dio mayor importancia.

—Agréguenlo a la lista.

De todos modos, aún era temprano.

Con tres pacientes más, terminaría justo antes del mediodía y podría ir a casa a comer.

La enfermera soltó un suspiro de alivio.

—¡Perfecto, enseguida lo paso!

Los dos pacientes siguientes venían a revisión de rutina, por lo que las consultas fueron rápidas.

En menos de media hora, Eleonor levantó la vista de la computadora y llamó al último número.

La puerta del consultorio se abrió y un hombre de figura esbelta y alta entró, tomando asiento frente a ella.

Eleonor alzó la mirada por instinto, y sus ojos se detuvieron en el rostro del visitante por un segundo.

El hombre llevaba un abrigo oscuro de corte impecable. Sus facciones eran refinadas y una sonrisa apenas perceptible asomaba en sus labios. A simple vista, irradiaba una excelente educación.

Sin embargo, Eleonor tuvo la extraña sensación de que esa cara le resultaba familiar, aunque en ese instante no lograba ubicar de dónde.

—Doctora Muñoz.

El hombre fue el primero en hablar. Su voz era pausada y tranquila.

—Mi apellido es Fonseca. Últimamente he tenido molestias en el estómago, y un amigo me recomendó venir a verla.

Eleonor asintió y señaló el pequeño cojín sobre la mesa.

—Por favor, ponga su muñeca aquí para que lo revise.

El hombre extendió el brazo con total naturalidad.

Eleonor colocó las yemas de sus dedos sobre su pulso, bajó la mirada y se concentró.

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