Al ver la actitud de aquella gente, Abril comprendió por qué David, después de tres años de silencio, finalmente le había contado la verdad.
Dio un paso al frente.
—Esto es un hospital, dejen de gritar. Su objetivo es el dinero, ¿no? ¡La deuda de Gael la pagaré yo!
Desde ese momento, Gael era su responsabilidad.
Además, él necesitaba descansar. La presencia de esa gente solo lo perturbaría.
Fue entonces cuando los cuatro se fijaron en el rostro desconocido de Abril. No les importó, siempre y cuando hubiera dinero de por medio.
—¡De acuerdo, tú pagarás la deuda de Gael!
—Sí —asintió Abril—. ¿Cuánto es?
—Dos millones doscientos mil pesos.
La mano de Abril se detuvo por un instante.
Pero sin dudar, revisó el saldo de su cuenta bancaria.
—No tengo tanto dinero ahora mismo. Les daré seiscientos mil por ahora. El resto se los pagaré lo antes posible.
—¡De ninguna manera! —exclamó uno de ellos, furioso—. ¡Nos debe dinero desde hace tres años! ¡Nos costó mucho encontrarlo, tiene que pagar todo de una vez! ¡Si no, quién sabe a dónde se esconderá la próxima vez!
Abril también se molestó.
—¡Ya dije que pagaré! ¿Cómo esperan que tenga tanto dinero disponible de un momento a otro? ¡Necesito tiempo para conseguirlo!
Los cuatro la observaron, notando su seriedad.
Se miraron entre ellos y, tras una breve discusión, llegaron a un acuerdo.
—¡Está bien! Hoy nos das seiscientos mil, y te damos un día para conseguir el resto. ¡Mañana vendremos por el millón seiscientos mil que falta!
Abril asintió.
—De acuerdo.
Les transfirió los únicos seiscientos mil pesos que le quedaban.
Una vez que recibieron el dinero, se marcharon sin más problemas, no sin antes recordarle que volverían al día siguiente.
Cuando se fueron, David, que había permanecido detrás de ella, mostró una expresión de profunda vergüenza.
—Abril, gracias. Te devolveré este dinero. Gael… él de verdad no puede soportar más presión.


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