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¿Mi nuevo jefe es un Vizconde y el padre de mi hijo? romance Capítulo 4

El vizconde: Stefano Valenti soltó una bocanada de aire, ignorando la exigencia. Se pasó una mano por el cabello desordenado, sintiendo el peso de sus verdaderas obligaciones aristocráticas caerle encima de golpe.

—Pues no llegué porque me asaltaron —expresó frunciendo el ceño.

—Se lo advertí, señor —continuó Matteo, cruzándose de brazos mientras lo regañaba sin contemplaciones—. Esa absurda idea de escaparse por las noches, de caminar solo por Florencia queriendo parecer un ciudadano común, no le funcionó. Mírese el rostro, está golpeado. Es un milagro que esos malditos ladrones no le hicieran algo peor. Un vizconde no puede andar jugando a ser un hombre ordinario en los callejones. Además por lo visto no estuvo solo, espero que la mujer con la que pasó la noche no le cause problemas.

Stefano no prestó la menor atención al sermón de su consejero. Sus ojos azules barrieron la habitación con desesperación, buscando rastro de la mujer que, en solo unas horas, lo había dejado completamente prendado. La intensidad de su mirada, la furia de su entrega y la valentía de su rescate lo tenían obsesionado.

Se acercó a la mesa de noche. Sobre la superficie de madera, descansaba un pequeño trozo de papel.

Stefano tomó el trozo de papel. La caligrafía era rápida pero elegante. Solo decía una palabra: «Gracias».

Un destello que capturó la luz de la mañana en el piso captó su atención. Emily había olvidado un fino pendiente de diamantes y oro blanco, el mismo que llevaba la noche anterior en la gala.

Stefano apretó el pendiente en la palma de su mano, sintiendo los bordes afilados de las piedras preciosas contra su piel. Sus ojos azules se entrecerraron con determinación.

—Prepara el auto, Matteo —ordenó Stefano, con una voz profunda que no admitía réplicas—. Volveré a la mansión, pero quiero que averigües quién estuvo en esta habitación conmigo. Encuéntrala cueste lo que cueste.

****

Un mes pasó volando. Durante esas cuatro semanas, Carter se mostró más complaciente, atento y cariñoso que nunca, desplegando su faceta más encantadora para ganarse su absoluta confianza. Emily, por su parte, demostró ser una actriz impecable. Soportó cada uno de sus gestos, cada beso ensayado y cada palabra hipócrita, tragándose el asco y fingiendo una sumisión perfecta mientras contaba los días para su cumpleaños número veinticuatro.

La noche de la gran celebración llegó. Gina, entusiasmada por la culminación de su plan, se encargó personalmente de organizar cada detalle en un lujoso salón del centro de Florencia. El lugar destilaba opulencia, repleto de arreglos florales, luces cálidas y los mismos invitados de la élite que Emily ahora miraba con absoluto desprecio.

Emily dio un paso al frente, extendió la mano hacia la bandeja de un camarero y alzó una copa. El salón se quedó en silencio, esperando las típicas palabras de agradecimiento de la dócil esposa.

—Antes de continuar con la celebración, tengo un anuncio importante que hacer —dijo Emily, con una voz clara y firme que resonó en cada rincón del lugar. Sostuvo la copa con agua en lo alto y clavó sus ojos verdes directamente en los de su esposo—. Quiero anunciar que estoy embarazada. Dios me ha bendecido con el heredero que tanto esperábamos.

La noticia cayó como un balde de agua fría sobre los presentes, pero especialmente sobre Carter.

El rostro de su esposo se puso blanco. La copa de licor que Carter sostenía en la mano resbaló de sus dedos congelados, estrellándose contra el suelo de mármol. El sonido del cristal rompiéndose en mil pedazos cortó el aire, mientras el líquido oscuro se expandía por el piso, idéntico al caos que acababa de estallar en su mente.

«¿Embarazada? ¡Tiene que ser un error!»

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