Los aplausos de los invitados rompieron la tensión del momento de golpe. Carter reaccionó rápido, forzando una sonrisa ensayada ante las felicitaciones y los flashes que comenzaron a rodearlos. En un segundo de distracción de la multitud, Gina se le acercó por la espalda, pálida y con la mirada desencajada.
—¿Un bebé? —le siseó Gina en un susurro cargado de veneno—. ¿No que eras estéril?
—Claro que lo soy —respondió Carter con los dientes apretados, sintiendo que el pánico le helaba la sangre—. No entiendo qué demonios está pasando.
—Ese bebé es un obstáculo —sentenció Gina, mirándolo con frialdad—. Si nace, será el heredero de todo por ley. Y si no es tu hijo, lo perdemos todo. El fideicomiso se nos va a ir de las manos.
Carter no pudo responderle. Sabiendo que todos los ojos de la alta sociedad florentina seguían puestos en ellos, dio un paso al frente fingiendo una felicidad absoluta. Rodeó a Emily con un abrazo protector frente a los invitados.
—Qué gran noticia, cariño —dijo en voz alta, sellando la hipocresía con un beso ensayado en sus labios.
La fiesta terminó poco después. Durante todo el camino de regreso a casa, el silencio dentro del auto fue sepulcral y asfixiante; Carter se limitó a conducir con la mandíbula tensa, sin pronunciar una sola palabra. Sin embargo, en cuanto cruzaron el umbral del departamento, la máscara de amabilidad se le cayó por completo.
—¿Estás segura de que estás embarazada? —soltó Carter, dándose la vuelta de golpe para encararla—. Quizás fue una falsa alarma, Emily. Te has equivocado antes, pudiste haber confundido los síntomas.
—Claro que no me equivoqué —respondió ella con total tranquilidad. Con un movimiento pausado, abrió su bolso, sacó un papel y se lo extendió—. Mira. Es la prueba de sangre del laboratorio. Es cien por ciento real.
Carter tomó el documento. Al leer el resultado positivo, una furia ciega y ardiente le recorrió el cuerpo. Si Emily realmente estaba embarazada, significaba una sola cosa: lo había traicionado, se había acostado con otro hombre. Pero no podía reclamarle nada sin confesar su propio secreto y su vasectomía.
Emily lo observó en silencio, disfrutando cada segundo de su tormento interno, manteniendo su papel de esposa ingenua.
—¿Todo bien, querido? —preguntó ella, ladeando la cabeza—. No te veo feliz. Deberías estar celebrando. Nuestro bebé será el dueño de todo ahora; el fideicomiso de mi abuelo pasa automáticamente a sus manos en cuanto cumpla la mayoría de edad, y nadie podrá tocarlo.
Carter apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Intentando desesperadamente salvar su plan y no perder el control de la fortuna, forzó un tono de voz suave, casi suplicante.
—Claro que estoy feliz, mi amor... —mintió, dando un paso hacia ella—. Pero he estado pensando que sería mejor mover ese dinero cuanto antes. Puedes dejarme administrar el fideicomiso a mí a partir de mañana, como lo habíamos planeado. Yo conozco el mercado inmobiliario de Florencia, puedo duplicar esa cantidad para el futuro de nuestro hijo. No tienes que cargar con esa responsabilidad.
Emily le dedicó una última sonrisa dócil, dándole la vuelta para caminar hacia el dormitorio.
—Claro, cariño —respondió con desinterés, sin mirarlo—. Pero mañana hablamos de eso con calma. Me siento muy cansada hoy y el médico me pidió que evitara el estrés. Buenas noches.
****
Al día siguiente, en el imponente despacho de la mansión Valenti, Stefano caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Sus intensos ojos azules destilaban una furia contenida que hacía temblar a cualquiera.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi nuevo jefe es un Vizconde y el padre de mi hijo?