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Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA! romance Capítulo 161

Leyla

—¿Qué haces? —grité cuando escuché el clic de los seguros del auto.

—Secuestrarte —respondió Noha con la tranquilidad de quien dice "voy al supermercado".

Arrancó el auto antes de que pudiera reaccionar. Intenté abrir la puerta. Bloqueada. Intenté bajar la ventana. Bloqueada. Lo miré con una furia.

—¡Noha Hall, tengo una reunión con Derek en quince minutos! ¡Para el auto ahora mismo!

—Karen ya se encargó de eso. Asunto profesional urgente. No te preocupes.

—¡No me preocupo por Derek! ¡Me preocupo por las ochenta cosas que tengo pendientes en mi escritorio! Tengo el catálogo sin terminar, la confirmación del florista de la boda, y si Génesis se entera de que no estoy trabajando va a…

—Fue idea de Génesis.

Me callé de golpe.

—¿Qué?

—El secuestro. Fue idea de ella. Me llamó esta mañana y me dijo, y cito textualmente: "Leyla lleva tres semanas sin dormir, tiene ojeras que le llegan al mentón y se puso la misma blusa dos días seguidos. Sácala de la oficina antes de que se me muera encima del escritorio."

Génesis. Mi mejor amiga. La mujer a la que le estaba organizando la boda. La traidora más grande del hemisferio sur.

—Voy a matarla —murmuré.

—Estoy de acuerdo con ella —dijo Noha—. Estás trabajando demasiado. Y el exceso de trabajo no te hace más productiva. Te hace más torpe, más irritable y más propensa a tomar malas decisiones. Lo digo por experiencia.

—¿Me estás llamando torpe?

—Te estoy llamando humana. Que es algo que a veces olvidas.

Quería discutir. De verdad quería. Pero una parte de mí, esa parte que llevaba semanas ahogada en carpetas y café frío, soltó un suspiro de alivio que no pude disimular. Busqué mi teléfono en el bolso para al menos mandarle un mensaje a Ashley con instrucciones. Abrí el bolso. Metí la mano. Busqué en todos los compartimentos.

No estaba.

Noha soltó una risa que le iluminó toda la cara.

—Tu nueva asistente es muy eficiente —dijo—. Y sorprendentemente fácil de sobornar. Le bastó unos cuantos dolares para obedecer.

Ashley. La muy traidora. Me había quitado el teléfono del bolso mientras yo fui a buscar las carpetas.

—Las voy a despedir a las dos —dije, cruzándome de brazos.

—A una no puedes porque es tu jefa. Y a la otra no puedes porque te la acaban de asignar.

—Entonces te despido a ti.

—No puedes. Soy tu jefe.

—Ya no eres mi jefe. Renuncié como tu asistente.

—Cierto. Entonces soy tu socio. Y los socios no se despiden.

No tenía argumento. No tenía teléfono. No tenía escapatoria.

No me quedaba de otra que dejarme secuestrar.

Llegamos a una playa que yo no conocía. Pequeña, semicircular, con arena clara y un mar que se extendía hasta el horizonte.

Noha estacionó el auto.

—Antes de bajar, una regla: no intentes escapar.

—¿O qué?

—O te castigo.

—¿Me castigas? ¿Cómo?

—No quieres saberlo.

Lo miré con los ojos entrecerrados. Él me sostuvo la mirada con una media sonrisa.

Me abrió la puerta. Bajé del auto. Miré la playa. Miré el estacionamiento vacío. Miré la carretera que se perdía en la distancia.

Tuve ganas de correr. De buscar un taxi, un autobús, una bicicleta, lo que fuera para volver a mi oficina y a mis carpetas y a mi vida de estrés controlado. Pero mis piernas no se movieron.

Tal vez el secuestro no era tan mala idea. Aunque jamás lo admitiría en voz alta.

—Vamos —dijo Noha, caminando hacia un puesto de helados que estaba junto al paseo marítimo.

—¿Helado? ¿A las once de la mañana?

—No hay hora para el helado, Leyla. Eso es una regla universal.

Me compró un helado de pistacho. El mismo sabor que me compró en Roma. Se acordaba. Por supuesto que se acordaba.

Caminamos por la orilla. Noha se quitó los zapatos y enrolló los pantalones del traje hasta las pantorrillas. Se veía ridículo: un hombre en traje de negocios descalzo en la playa, con un helado en la mano y los pies en el agua. Y al mismo tiempo se veía perfecto.

—Quítate los zapatos —me dijo.

—No.

—Leyla, quítate los zapatos.

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