ETHAN
Gracias a mí, logré tomar el control en el volante y que el auto se orillara. —Genesis, ¿estás bien? —fue lo primero en preguntar. La miré y se notaba que estaba algo pálida. Bajé del auto para analizar el daño ocasionado.
¡Un neumático pinchado! De seguro desde que salí de aquella empresa venía sin aire y, por ir detrás de Génesis, no me percaté de ese fallo.
Miré hacia el vidrio; ella tenía su cabeza reposada en el sillón; de seguro se había llevado un buen susto y se estaba reponiendo. Llamé al seguro para recibir servicio técnico. —¡Dos horas, señorita! Es demasiado tiempo, necesito el servicio ¡ya!
—Lo lamento, pero no podemos llegar antes. —No me quedaba de otra, no podía hacer el cambio yo mismo, porque no traía neumático de repuesto.
—Enviaré mi ubicación y espero que estén en el tiempo indicado —recriminé; este sí que era un servicio pésimo. Regresé mi vista hacia Génesis, quien ya estaba fuera del auto y caminaba hacia el bosque; estábamos en las afueras de la ciudad en un camino sin casas alrededor. —¡Génesis! ¡Génesis! —grité—. ¿A dónde crees que vas?
—No tengo idea, pero solo quiero estar lejos de ti.
—¡Génesis! Regresa aquí.
—No, Ethan, tú sacas lo peor de mí, realmente me desconozco; solo quiero paz por un momento.
—¡Regresa! —insistí, pero ella ignoraba mis palabras—. ¡Muy bien! ¡Vete! Ya te quiero ver cuando te encuentres con un lobo o un oso.
—Pues prefiero estar con ellos, que contigo. —Ella continuó con su camino; no entendía por qué siempre quería llevarme la contraria. Era la mujer más difícil de tratar; el resto caía ante mis pies cinco minutos después de conocerme.
Exactamente como había pasado con aquella mujer, Dalila, al instante de conocernos ella ya me estaba coqueteando. No era mi culpa ser irresistible para las mujeres, pero al parecer solo para Génesis yo era la persona más horrible de este mundo.
Me quedé en el auto, esperando que Génesis regresara asustada por algún animalito del bosque, pero eso no ocurría. Así que decidí mejor irla a buscar; no podía regresar sin ella, Matías me mataba si algo le ocurría.
Caminé abriéndome camino por los árboles, tratando de seguir los pasos de Génesis. El camino estaba lleno de hojas secas y docenas de ramas que se prendían de mi traje.
—¡Voy a matarte, Génesis, estás provocando que mi mejor traje se esté arruinando!
Caminé por otros minutos. —¿Pero qué es esto? —encontré la ropa de Génesis junto a su bolso. ¿Y si de verdad un oso la había capturado? Estaba muerto. Miré hacia el frente y sentí que mi corazón saldría de mi pecho; ella estaba al borde de un precipicio, en ropa interior y con sus manos extendidas. —¡Génesis, no lo hagas! —grité, pero era demasiado tarde, ella se lanzó hacia la nada.
Corrí para detenerla, pero era demasiado tarde. Me acerqué temeroso de lo que encontraría, pero mi asombro fue ver un enorme lago. Sentí un gran alivio al ver cómo ella caía al agua; a los pocos segundos ella salió del agua.
¿Pero acaso estaba loca? ¿Cómo se tiraba desde una distancia tan alta? Eran como diez metros desde donde me encontraba.
—¡Estás loca! Lo sabes… —grité desde lo alto.
—No me lo habían dicho; sin embargo, viniendo de ti, me importa en lo más mínimo —me respondió.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi peligroso cuñado se enamoró de mí, ¡UNA GORDITA!