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Mi venganza: casarme con el loco romance Capítulo 13

Lara siguió a Ezequiel fuera del Registro Civil.

El sol de la tarde en Puerto Coral era deslumbrante, y en el aire flotaba una ola de calor húmedo que contrastaba drásticamente con el interior, el cual gozaba de un potente aire acondicionado. Parecían dos mundos diferentes.

El Maybach negro estaba aparcado tranquilamente bajo la sombra de un árbol junto a la acera.

Ezequiel abrió la puerta trasera y se hizo a un lado para esperarla.

La luz del sol se filtraba entre las hojas, proyectando pequeñas sombras sobre su rostro. De pie en aquel lugar, parecía una espada en su funda; reservado, pero daba la impresión de que podía desenvainarse y atacar en cualquier momento.

Cuando Lara se inclinó para subir al auto, pudo sentir la mirada de él clavada en ella.

No era una mirada opresiva, pero tenía una presencia innegable.

—Iremos primero a la mansión familiar, la abuela está esperando conocerte.

Ezequiel entró justo después, y el sonido sordo de la puerta al cerrarse dejó afuera gran parte del calor sofocante.

Lara asintió y estaba a punto de decir algo cuando el teléfono en su bolso comenzó a vibrar bruscamente.

Era un número desconocido de Nortia.

Se quedó quieta, y su corazón dio un vuelco sin razón aparente; un mal presentimiento la invadió justo en aquel preciso momento.

Ezequiel le echó una mirada indiferente.

Sin pensarlo dos veces, Lara rechazó la llamada.

Pero, apenas unos segundos después, el mismo número volvió a marcar.

Lara apretó los labios y deslizó el dedo para contestar.

—¡Lara Mendoza!

Tan pronto como contestó, la voz ansiosa de Felipe Salazar resonó al instante, cargada con el enojo reprimido de los últimos días.

—¿Por qué no fuiste a casa cuando te dieron de alta del hospital? ¿A dónde te fuiste? ¿Tienes idea de cuántas veces te he llamado...?

El corazón de Lara se hundió de golpe y, por instinto, miró hacia su lado.

Ezequiel ya había apartado la vista en algún momento y ahora tenía los ojos bajos, jugando con un encendedor en sus manos.

Aunque no estaba haciendo absolutamente nada, solo sentado ahí en silencio, sin siquiera mirarla, esa presencia impasible bastó para causarle a Lara una presión inexplicable.

De inmediato, alejó un poco el teléfono y bajó la voz:

—¿Qué quieres?

—¿Cómo que qué quiero? ¡Lara Mendoza, tus rabietas deben tener un límite! —La voz de Felipe se elevó—. Lo que pasó el otro día fue mi culpa. Pero golpeaste a Silvia, y mis padres han estado haciendo un escándalo estos días, exigiendo que le pidas perdón... En fin, dejemos eso a un lado por ahora. ¿Dónde estás? Voy a buscarte, tenemos que hablar las cosas bien.

Exigirle que se disculpara con Silvia Salazar...

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