Cuando regresó a Residencial Lago Verde, la empleada se quedó con la boca abierta al verla.
—¿Tú qué haces aquí?
A diferencia de la mañana, ahora la mujer le hablaba con una prepotencia desafiante, claramente instruida por alguien más. Fabiana, en cambio, se mantuvo imperturbable:
—Esta es mi casa. ¿Por qué no podría venir?
—¿Tu casa? Primera noticia que tengo —se burló la empleada—. Aquí los únicos dueños son el señor y la señorita. ¿De qué alcantarilla saliste tú para venir a creerte la dueña de la casa?
La empleada hizo un ademán de cerrarle la puerta en la cara:
—Lárgate ya mismo o llamo a los guardias.
Fabiana metió el pie en el marco de la puerta y la miró con una frialdad absoluta:
—Si te atreves a hablarme así, me imagino que Viviana ya te habrá contado un montón de chismes sobre mí. ¿Pero te contó también que sufro de ataques de ira, que tengo tendencias violentas y que, cuando me da, no mido las consecuencias?
Dicho esto, levantó la mano simulando que iba a soltarle una cachetada.
La empleada retrocedió de un salto, con el rostro pálido del susto.
Fabiana la miró con desdén. No esperaba que fuera tan cobarde; solo había improvisado un par de amenazas baratas y la mujer casi se desmaya. Era obvio que Viviana se la pasaba pintándola como a un monstruo a sus espaldas.
—Abre la puerta. Solo vengo a recoger mis cosas personales, y en cuanto termine, me largo.
Si no fuera estrictamente necesario, jamás volvería a poner un pie en ese basurero emocional.
Cuando se casó con Alexandro, llegó llena de ilusiones, soñando con envejecer a su lado. Por eso, había traído a esta casa sus tesoros más preciados: álbumes de fotos, recuerdos de su infancia y regalos que había guardado toda su vida.
Ahora que se iba para siempre, no iba a dejar nada que fuera suyo.
La empleada dudó unos segundos, pero al encontrarse con la mirada feroz de Fabiana, terminó abriendo la puerta.
Fabiana fue directo al segundo piso.
Cuando llegó a la mansión por primera vez, asumió que dormiría en la habitación principal, así que guardó todos sus objetos de valor en esos cajones. Pero al abrir la puerta, descubrió que todo había cambiado. Los muebles que ella había elegido con tanto amor no estaban, y sus cosas habían desaparecido.
—¿Dónde están las cosas que dejé aquí? —le preguntó a la empleada, que la había estado siguiendo como un perro guardián, aterrorizada de que fuera a robarse algo.
—Yo no sé nada —respondió la mujer, cruzándose de brazos con actitud despectiva.
—¿Ah, no sabes? —Fabiana soltó una carcajada amarga—. Perfecto, entonces asumo que te las robaste tú. Voy a llamar a la policía en este instante.
Sacó el celular y marcó los primeros números.
Al ver que la cosa iba en serio, la empleada maldijo entre dientes y la guio a regañadientes hasta el ático.
Era un cuartucho asfixiante, oscuro y con un penetrante olor a humedad y encierro. Fabiana entró y, al mirar alrededor, sintió que el corazón se le partía: todas sus cosas estaban tiradas en el suelo como basura. La gran mayoría estaban destrozadas, y las que se habían salvado estaban cubiertas por una gruesa capa de polvo y telarañas.
No necesitaba ser una genio para adivinar quién había hecho esto. Respiró profundo para no perder los estribos, se agachó y comenzó a empacar lo que pudo rescatar.
Cuando bajaba las escaleras con sus cajas, se topó de frente con Andy, que acababa de despertar de su siesta. El mocoso, al verla, se infló como un gallo de pelea, apretó los puños y le escupió en los zapatos:
—¡Gorda fea! ¡¿Quién te dio permiso de entrar a mi casa?!



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