La luz ambiental del carro era suave y creaba una atmósfera especialmente cálida.
Johana miró fijamente a Ariel y, sin poder evitarlo, recordó su adolescencia, cuando todavía estudiaban.
En la preparatoria, Ariel iba a la escuela en bicicleta. Después de las clases nocturnas, solía llevarla primero a la Mansión Herrera antes de irse a su propia casa.
Incluso si no estaban en el mismo grado, Ariel siempre la esperaba.
En aquel entonces, eran muy unidos.
Antes de regresar a Río Plata, Johana casi había olvidado por completo esos recuerdos; se sentían como si hubieran ocurrido en otra vida.
Los tenía borrosos en la memoria.
Pero al volver y encontrarse con Ariel con tanta frecuencia, esos recuerdos lejanos volvieron a cobrar vida.
Ariel notó su mirada fija.
—¿Qué tanto me ves? —bromeó—. ¿Acaso mirarme te va a llenar el estómago?
Su tono relajado la trajo de vuelta a la realidad.
—Ariel, no tienes por qué hacer esto —le recordó.
Tras varios encuentros, Johana había vuelto a llamarlo por su nombre.
—Maestra Frida, relájate —respondió Ariel con la misma tranquilidad—. Solo quiero ser tu amigo. No tienes por qué estar tan tensa. Además, no he hecho nada malo.
¡Claro que no había hecho nada!
A su edad, nunca había esperado a nadie de esa manera, ni se había quedado mirando a alguien dormir, y mucho menos había robado un beso a escondidas.
En realidad, le había gustado Johana desde hacía mucho tiempo. Solo que todos tienen sus momentos de arrogancia juvenil, de soberbia.
Ante la insistencia de Ariel, Johana le lanzó una mirada de reojo.
Si todavía tuviera dieciséis años, podría creerle.
Pero ahora tenía veinticinco. ¿Quién iba a tragarse ese cuento? No era ninguna ingenua.
A pesar de su mirada de fastidio, Ariel se mantuvo sereno, sin alterarse.

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