Ariel seguía atormentándose con el asunto de su identidad, mientras Johana fruncía el ceño y soltaba un suspiro, como si por fin lograra soltar el peso que traía encima.
Tras pensar un momento, Johana habló con voz calmada:
—Señor Ariel, si lo que busca es tranquilidad para su conciencia, puede dejar de preocuparse. No tiene por qué sentirse culpable.
Hizo una pausa, como si meditara lo que estaba a punto de decir, y continuó:
—Yo… voy a ir a cenar a casa del señor Fermín. Así que, señor Ariel, el que me busque una y otra vez de esta forma, sin respetar límites, no solo me afecta a mí, también interfiere en mi relación con el señor Fermín.
No fue una confesión directa, pero con esas palabras, Johana le dejó claro lo que debía entender.
De camino a casa, ella no dejaba de repasar en su cabeza lo que Delfín le había dicho hace un rato, y también la actitud de Ariel hacia ella.
Después de pensarlo bastante, decidió que lo mejor era dejar las cosas hasta ahí.
Si Ariel seguía insistiendo, al final su reacción sería peor, y si él decidía aferrarse a ese asunto, nadie saldría ganando.
Ni siquiera él.
En ese momento, lo único que Johana deseaba era que Ariel entendiera que ya no era la misma de antes, que había iniciado una nueva vida.
Al escucharla llamarlo “señor Ariel” y decirle que no tenía por qué sentirse culpable, Ariel lo entendió todo.
Pero él quería más. Quería que Johana lo reconociera sin rodeos, que se sentaran a platicar como antes, y que por fin hablaran de todo lo que quedó pendiente hace dos años.
Lo que Ariel ignoraba era que, no importaba si él había sido fiel o no a ese matrimonio, ni cuán arrepentido o lleno de remordimiento estuviera ahora, a Johana ya no le importaba.
Ariel la miraba fijamente, sin decir nada, pero Johana podía leer perfectamente lo que él trataba de expresar con la mirada.
Él quería explicarse, quería sacar todo lo que llevaba dentro.
Y también… quería volver a empezar.
Johana apretó un poco el entrecejo y volvió a hablar, con voz serena pero firme:
—Señor Ariel, estoy segura de que su esposa alguna vez le dio una oportunidad, y dentro de su matrimonio no debió quedar ningún pendiente.
—Así que deje de atormentarse, la vida sigue y todos tenemos que mirar hacia adelante.
—En cuanto a nosotros, no hay nada más que hablar. Espero que a partir de ahora actúe con más sensatez.
Si antes sus palabras habían sido indirectas, esta vez Johana fue totalmente clara.
Desde el asiento del conductor, Ariel escuchó cada frase y la mirada se le apagó un poco más.
Ella seguía sin perdonarlo, sin querer abrirle su corazón.
Tras decir todo aquello, Johana revisó la hora en su reloj, y añadió:
—Ya es tarde, tengo que irme a descansar.
Al ver que Ariel no reaccionaba, Johana se inclinó hacia la puerta, presionó el seguro y la abrió ella misma.
Sin mirar atrás, bajó del carro.
Cuando Ariel vio que Johana se iba, reaccionó de golpe. Abrió la puerta de su lado y salió corriendo tras ella.



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