La abuela notó la tensión entre ellos. Sabía que Esteban era el mayor inversionista del Centro de Arte Lumina, así que si Melissa de repente había dejado de trabajar allí, él seguro estaba al tanto.
—¿Qué está pasando realmente...? —preguntó.
Fernando intervino:
—¿No cambió de trabajo nada más?
La abuela frunció el ceño.
—¿Y a qué cambió?
Melissa se apresuró a explicar:
—Solo invertí en la academia de baile de Hugo, un compañero de mis tiempos de estudiante.
La abuela parecía aún más confundida.
—¿Un compañero? ¿Un hombre?
Melissa siempre había sido muy prudente y mantenía su distancia con otros hombres. Era por eso que la abuela se sentía tranquila de que trabajara en un ambiente tan impredecible. Sabía cuánto amaba Melissa a Esteban.
Pero ahora, sorprendentemente, parecía haber perdido el norte y se había asociado con un hombre.
—¿Y qué pasó con tu trabajo en el Centro de Arte Lumina?
—Abuela, no tienes por qué preocuparte por esas cosas —interrumpió Esteban.
—Me despidieron —soltó Melissa.
En ese momento, una figura apareció en la puerta. Era Leticia Suárez.
Llevaba la bata del hospital, con la aguja del suero aún clavada en el dorso de la mano, y el rostro ligeramente pálido. Hizo un leve asentimiento hacia la abuela.
—Discúlpenme, tengo mucha prisa, así que pasé a recoger a Andresito.
Al verla, la abuela abrió los ojos de par en par.
—¡Eres tú!
Su mente ató cabos rápidamente y su sorpresa fue aún mayor. ¡Andrés era su hijo!
La abuela enfureció de inmediato. Arrojó los cubiertos sobre la mesa, con las manos temblando de rabia.
—¡A qué trajiste a tu hijo a nuestra casa! ¡Qué intenciones tienes!
Hizo una pausa y, al pensar en algo más, la ira se le subió a la cabeza.
—¡Y encima le enseñaste a tu hijo a llamar papá a Esteban! ¡No tienes vergüenza!
Apretando los dientes, se volvió hacia Esteban para exigirle una respuesta.
—¡¿Tú sabías que ese niño era suyo?!
Esteban asintió con total calma y la sostuvo por el brazo.
—Abuela, por favor, no te alteres.

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