Siempre había sido un hombre atractivo, incluso cuando estaba completamente borracho.
Melissa tenía que admitir que se había equivocado de persona al casarse, pero definitivamente no se había equivocado con ese rostro. Esteban Cáceres tenía unos rasgos peligrosamente magnéticos, el tipo de belleza que te arrastraba hacia él sin que pudieras evitarlo, te hipnotizaba y te hacía enamorarte perdidamente.
Apartó la mirada y le envió un mensaje a la señora que ayudaba en casa. Era imposible moverlo sola.
Le dio unas palmaditas en el brazo, intentando que reaccionara un poco.
El hombre pasó saliva pesadamente. Sus pestañas temblaron y frunció el ceño con molestia.
Melissa lo sacudió del hombro.
—Despierta.
Esteban abrió los ojos lentamente. Atrapó la mano que lo sostenía, giró el rostro y la miró.
Esa mirada turbia y embriagada era como asomarse a un vaso de whisky puro: mareaba con solo verla. Antes de que Melissa pudiera reaccionar, él se inclinó hacia ella. Alcanzó a girar el rostro, pero los labios del hombre aterrizaron sobre su cuello.
Al segundo siguiente, él le mordió suavemente el lóbulo de la oreja.
Melissa se estremeció. Por un segundo, dudó si de verdad estaba borracho o si solo estaba fingiendo.
Él sabía perfectamente que sus orejas eran su punto débil. En la intimidad, siempre jugaba con eso.
Pero la duda se disipó rápido.
Si estuviera sobrio, jamás se habría acercado de esa manera.
La respiración pesada y caliente de él chocaba contra su piel. Lo empujó sin contemplaciones.
En ese momento, apareció la empleada. Venía con el ceño fruncido, claramente disgustada por la situación.
Melissa bajó del auto, abrió la puerta del copiloto y, entre las dos, lograron poner a Esteban de pie.
—Ay, Dios mío, pero si tiene la ropa toda empapada —murmuró la mujer—. Seguro el señor amanecerá resfriado mañana.
Melissa la miró de reojo. Esa queja llevaba una intención oculta.
Antes nunca le había prestado demasiada atención a la empleada.

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