Suite presidencial.
Cuando despertó aturdida, lo primero que vio fue el rostro de Rodrigo Zúñiga.
Intentó moverse, pero sus extremidades estaban tan débiles que no lograba hacer el menor movimiento, y su cabeza pesaba horrores. Con los párpados caídos por el cansancio, miró fijamente a Rodrigo.
Ni siquiera tenía fuerza para mostrar una expresión de furia. Su cuerpo era de gelatina, y no podía pronunciar ni una sola palabra.
Rodrigo sostenía su celular, haciéndole una videollamada a Esteban.
Los ojos de Melissa pesaban tanto que apenas podía ver lo que ocurría.
Solo alcanzó a escuchar la risa cínica de Rodrigo: —Ay, Esteban... tu esposa está en mi cama. Pero no te preocupes, no tengo prisa por hacerla mía.
—Rodrigo, perdiste la cabeza —la voz del hombre sonó profunda y aterradoramente fría—. Déjala ir.
—Si todavía no le he hecho nada, solo la tengo inmovilizada. Ya sabes que a mí no me gusta obligar a las mujeres.
—¿Qué quieres?
Rodrigo soltó una carcajada burlona: —Lo único que quiero es a Leticia. La última vez que me la llevé, para quitármela, tuviste la osadía de llamar directamente a mi familia. Esteban, ¿creías que eras el único que sabía jugar sucio? Ahora te toca elegir: ¿Prefieres a tu esposa o a tu elegida? ¿Eh?
Melissa no podía ver con claridad, pero escuchaba cada palabra a la perfección.
Al entender que estaba ahí, drogada y secuestrada, solo porque esos dos hombres peleaban como bestias por Leticia, sintió ganas de vomitar sangre.
Esos dos estaban completamente dementes.
¿Qué era ella para ellos? ¿Un simple juguete?
Melissa apretó los dientes con todas sus fuerzas, intentando mantenerse despierta.
Pero su cuerpo no respondía en lo absoluto.
Era tan patético darse cuenta de que su destino dependía de Esteban.
—¿Y bien? Me entregas a Leticia y yo dejo libre a Melissa. Después de todo, es tu esposa, la mismísima señora Cáceres. Si algo le llega a pasar, imagínate lo que dirá la gente de ti... un hombre que ni siquiera puede proteger a su propia mujer.
En su interior, Melissa pensó que él aceptaría. Aunque no sintiera ni una gota de amor por ella, al menos por la reputación del consorcio, accedería.
Tras un largo y agonizante silencio, escuchó la voz de Esteban clara como el cristal: —Puedes pedirme lo que quieras, pero a Leticia no la tocas.
—¡Pero es que yo quiero a Leticia! Ya te di suficiente tiempo para pensarlo. Si dices que no, empezaré a desvestir a tu esposa. Me imagino que muchísimos hombres matarían por ver el cuerpo de la señora Cáceres. Con ese video de baile que se hizo tan viral hace poco, seguro todo internet ansía verla como Dios la trajo al mundo.
Una lágrima se deslizó por el rabillo del ojo de Melissa y sus labios perdieron todo color.
*Esteban... ¿Acaso no tienes corazón?*
—Haz lo que quieras —dijo el hombre con un tono helado—. No siento nada por Melissa. Si haces eso, simplemente me buscaré otra señora Cáceres.

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