Esteban dijo con frialdad:
—¿Segura que eso fue todo lo que pasó?
Melissa lo miró incrédula.
—¿Y qué crees que fue? ¿Qué lo seduje?
Esteban le sostuvo la mirada.
—¿De verdad vas a hablarme así?
Melissa respiró hondo.
—¿Y cómo quieres que te hable?
Si Esteban no hubiera entrado sorpresivamente al salón de ellos, ella nunca habría tenido que esconderse.
Si no se hubiera escondido, no le habría dado a ese hombre la oportunidad de atacarla y se habría marchado junto con el profesor Aidan y el resto del equipo.
Los oscuros ojos de Esteban se ensombrecieron aún más. De repente esbozó una sonrisa torcida.
—Bien, quédate aquí entonces. Veamos qué te hace cuando despierte.
Melissa bajó la mirada.
—Supongo que la familia Cáceres no querrá a una esposa manchada con este tipo de escándalo. Entonces, ¿podemos divorciarnos ya?
La boca de Esteban se transformó en una línea recta e inflexible.
Yago se acercó, interviniendo:
—Ya basta, dejen de pelear. Este no es lugar para eso.
Melissa apartó la mirada y guardó silencio.
Escuchó a Esteban llamar al abuelo.
—Abuelo, ¿no estuviste pescando con don Patricio Valdés hace unos días?
El anciano hizo una pausa al otro lado de la línea.
—¿Por qué preguntas eso tan de repente?
—Golpeé a su nieto —dijo Esteban en voz baja—. Ahora está en una cama de hospital.
—¿Qué dijiste? —El abuelo, que por lo general era un hombre muy afable, que se mantenía al margen de los negocios de la familia, mucho más retirado que la abuela, y que pasaba sus días practicando caligrafía, pescando, tomando café o jugando al ajedrez, de repente se notó irritado—. ¿Qué tuvo que pasar para que llegaras a ese extremo?
Esteban bajó la mirada.
—Es complicado explicarlo por teléfono. Solo quería que estuviera al tanto.
Tras un largo silencio, el abuelo respondió:
—De acuerdo —y colgó.
Melissa seguía de pie, inmóvil.
Esteban se giró hacia ella.
—Vete a casa por ahora.

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