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NO QUIERO TU AMOR POR LÁSTIMA romance Capítulo 10

Lilianne había contado cada segundo de ese día, cada instante que la acercaba a su libertad.

Habló con su hermana a escondidas e incluso aprendió cómo Karla debía entregarle el cheque sin marañas.

Cuando escuchó el auto abajo, agarró el mismo bolso con el que llegó y el bastón con el que fingía debilidad.

Avanzó por el pasillo con unos jeans cómodos y su blusa holgada, lista para tomar su vuelo de regreso a Queensland.

Sin embargo, cuando bajó las escaleras, no se encontró con el chofer, sino con la inquietante presencia de Douglas, sentado en el sofá.

El corazón de Lilianne dio un vuelco.

—¿No estabas en una reunión importante? —le preguntó al pie de las escaleras, apretando el asa del bolso.

—¿Eso habrías preferido? —Douglas respondió con voz baja y llena de frialdad.

Sus ojos viajaron hacia el bolso que ella apretaba.

—Te veo muy apurada por irte después de haber venido por tu cuenta.

—Entendí que estás ocupado con el trabajo. No quiero ser una carga para ti. Me marcho…

Lilianne recuperó algo de su seguridad mientras Douglas seguía mirándola a los ojos como si buscase aquello que ahora era diferente en ella.

De repente, se levantó y avanzó con esa aura dominante que casi la hizo retroceder.

—Estoy cansado de repetirte que no eres ninguna carga y, para demostrártelo… decidí que te quedas aquí conmigo.

—¿Qué? No, claro que no…

—¿Por qué no? Dime de una vez, Lilianne, ¿qué te sucede? —Douglas la detuvo cuando intentó retroceder, negando con la cabeza, y la agarró por los hombros con fuerza.

—Siempre has querido estar a mi lado en Sydney. Ahora que te permito quedarte, parece que te sentencié a muerte. ¡¿Qué rayos sucede contigo?!

—¡Que estoy cansada de sentirme como tu amante! —le gritó de repente, sorprendiéndolo.

—Aquí soy una extraña en tu vida, a quien todos miran con lástima o curiosidad, como a un mono de circo. ¡Quiero regresar a la hacienda!

Lilianne comenzó a forcejear para liberarse de él.

Los verdaderos reclamos estaban en la punta de su lengua.

Las lágrimas ardían en sus ojos.

—Cálmate, maldición. ¡Ya cálmate, Lilianne! —Douglas la zarandeó, tomando el control y haciéndola soltar el bolso, que cayó con un estruendo al suelo.

—¡Te pedí un maldito tiempo! ¿Por qué no puedes ser como siempre? Ahora es el peor momento para que te comportes como una niña malcriada…

—¿Eso piensas? ¿Que es un simple berrinche mío? —Soltó una risa sin una pizca de gracia y enfrentó su rostro con una rabia que Douglas jamás le había visto.

—Escúchame muy bien, Douglas Calder: no soy tu prisionera para que decidas en qué jaula meterme.

La voz le salió estrangulada, pero decidida.

—No te salvé la vida para que sintieras ninguna gratitud hacia mí. Yo quería ser tu mujer, no tu caso de caridad…

—Deja de hablar estupideces. ¿Quién te metió esas ideas en la cabeza? Dime, ¡¿quién?! —rugió Douglas al mismo tiempo que su móvil comenzaba a vibrar sin cesar dentro de su chaqueta.

Su día laboral realmente aún no había terminado.

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