La puerta se abrió justo cuando Douglas terminaba de firmar los últimos documentos.
La pluma volaba sobre las hojas mientras él miraba su reloj a cada segundo.
Jamás había tenido tantas ganas de que llegase la hora del almuerzo.
—Ya terminé. ¿Hiciste la reservación especial en el hotel como te pedí?
Levantó la cabeza al no escuchar respuesta de Hermes.
—Señor Calder, hay algunos inconvenientes… —le dijo su secretario con esa cara que no presagiaba nada bueno.
—¿Ahora qué sucedió? Te ordené que cancelaras todas las reuniones de la tarde…
—Pero la reunión que tanto esperaba con los ingleses fue programada para esta tarde…
—¡¿Por quién?! —Douglas golpeó la mesa, exasperado.
Llevaba tiempo queriendo firmar con los propietarios de aquella lujosa firma de cuero, y justo ese día programaban el encuentro.
—Nuestro socio, el Grupo Sirgus…
—Maldita sea. —Se pellizcó el puente nasal.
Karla metiendo las garras de nuevo.
Douglas apostaba sus huevos a que se había enterado de que hoy saldría con Lilianne.
—Cancélalo —dijo después de pensarlo un segundo—. Dales una buena excusa y pásalo para otro día…
—Pero, señor Calder, esos empresarios son muy formales…
—¿Qué parte de cancelar no entendiste? —Casi le ladró de mal humor.
Últimamente, nada salía como él deseaba, pero el golpe final todavía estaba por venir.
—Creo que debería revisar esto antes de tomar la decisión de salir en público con la señora Calder.
Cuando Hermes dijo eso y extendió el sobre que tenía en la mano, el corazón de Douglas dio un vuelco.
Tomó el sobre de color manila que conocía muy bien.
No había datos, huellas ni nada que le diera alguna pista de quién lo había enviado.
Lo abrió con los dedos tensos, casi aguantando la maldita respiración, y lo que encontró dentro le heló la sangre.
Era lo que más había temido desde que empezó aquella pesadilla.
Fotos de Lilianne en el portón, fuera de su mansión y otras tomadas de lejos durante su salida del día anterior.
Las ojeó rápidamente, buscando la amenaza. Siempre había una amenaza.
«Resulta que la pobre coja no es tan insignificante como nos hiciste creer. Felicidades atrasadas por tu boda. ¿Qué te parece si la invitamos a una cita y hablamos sobre el dinero que nos debes y te niegas a pagar?>
—Malditos infelices hijos de puta… —Dobló la nota entre sus dedos, con la ira y la impotencia recorriéndolo.
Extorsionadores, chantajistas, prestamistas mafiosos y gánsteres peligrosos.
Ese era el maldito patrimonio que su padre dejó atrás.
Sus malas decisiones y sus intentos desesperados por salvar la empresa pusieron en peligro la vida de sus hijos y, lo peor…
Ahora Lilianne estaba expuesta a ellos, y esos tipos no jugaban con las amenazas.
La bala que ella recibió al salvarlo era prueba suficiente.
No bastaba con pagar los intereses ridículamente millonarios que exigían por los préstamos que le hicieron a su padre.
Claro que no.
Querían que Douglas levantara el Grupo Calder solo para entregarles las ganancias.
Sobre su cadáver volvería a ceder ante sus chantajes… pero no sobre el cadáver de su mujer.
Tenía que encontrar de una vez por todas a su enemigo en las sombras.
El tiempo se le acababa.
—Iré a la estúpida reunión. Tienes razón, no me conviene exponer más a Lilianne. —Cerró los ojos, imaginando su desilusión.
La estaba hiriendo, lo sabía, pero la quería lejos de todo aquello.
Cuando solucionara la amenaza, se lo explicaría… Ella siempre lo entendía y lo esperaba.
—Señor, puedo ir personalmente a decírselo…
—No, yo la llamaré…
Antes de que pudiera terminar de hablar, la puerta de su despacho se abrió y entró Karla.
Tan despampanante como siempre.
—Estoy lista y ya vamos tarde. Los ingleses no admiten ni un segundo de retraso… ¿Aún no has terminado?
—Desde que coordinaste todo por tu cuenta y avisaste a última hora…
Douglas tuvo que morderse la lengua para no soltarle una de sus groserías.
—Douglas, querido, están en Sídney cerrando otras negociaciones y mi contacto me llamó porque surgió un hueco en su agenda.
Se sentó en el borde del escritorio, cerca de su silla.
—¿Acaso hice mal en adelantarme a la competencia?
Karla se inclinó para acariciarle aquel rostro masculino, siempre ceñudo y tan apuesto.
Insinuó un poco sus pechos sobre el escote, envolviéndolo con su perfume seductor.

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