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NO QUIERO TU AMOR POR LÁSTIMA romance Capítulo 15

La ira centelleaba en los ojos grises de Douglas mientras llamaba a Hermes.

El pobre secretario apenas había apoyado la cabeza sobre la almohada de su cama.

—¿Señor?

—¡Quiero que localices ahora mismo dónde cojones está el celular de mi mujer y su nombre en los vuelos hacia Queensland! ¡Es para ya, Hermes!

Colgó sin siquiera escuchar una respuesta mientras se movía como un depredador hacia las habitaciones de los empleados.

Pateó la puerta del mayordomo como un salvaje, sin importarle si se estaba follando a la sirvienta que tenía como amante.

—¡Me dices ahora mismo cómo te dejé a cargo de la seguridad y mi esposa se marchó frente a tu maldita cara!

Douglas estaba endemoniado y pronto toda la mansión estuvo despierta y temblando.

Sin embargo, el mayordomo estaba preparado para su reacción y todo lo que dijo fue coherente y bien planificado.

Incluso aquel día se realizó el mantenimiento del sistema de cámaras por orden de Douglas, y eso había sido aprovechado de manera inteligente.

—Es imposible que se haya escapado sin ayuda. O sobornaron a algún guardia o tú me traicionaste…

En medio de la sala, señaló al mayordomo, quien negó enseguida con la cabeza.

—Señor, he servido a su familia desde los tiempos de su padre hasta ahora. ¡Jamás me atrevería a desobedecerlo!

Juró y perjuró, pero el sudor frío le bajó por la sien a medida que aquel hombre blanco y corpulento, de más de metro ochenta, se plantaba amenazante frente a él.

Adiós al Douglas empresario y bienvenido el salvaje domador de toros.

—No te creo nada y te estás confundiendo en algo… Yo no soy mi hermano ni mi padre…

Douglas lo agarró por el cuello de la camisa de dormir con un gesto brusco y lo llevó a rastras por toda la mansión.

Las criadas se taparon la boca, horrorizadas, pero nadie intervino.

Los guardias abrieron paso en el patio exterior cuando sacó al hombre, casi ahorcándolo con el cuello de la camisa.

—¡¿Qué está haciendo, señor?! ¡Yo soy leal a los Calder! ¡Esto es un abuso!

El hombre gritaba con las manos en el cuello y los pies pataleando.

El suelo le raspaba las piernas y el pánico crecía en su interior.

Se creía muy astuto mintiendo.

Lo tenía todo pensado fríamente.

¿En qué había fallado?

—¡Tírame aquella soga! —Douglas le rugió a uno de los guardaespaldas.

El hombre agarró la cuerda que el jardinero había dejado sobre uno de los bancos.

Era larga y gruesa.

Los ojos del mayordomo casi se salieron de sus órbitas, mucho más cuando Douglas lo arrojó al suelo como a un animal y le pasó la soga por el cuello.

—¡No, no! ¡AUXILIO! ¡Alguien que me ayude! ¡Se ha vuelto loco! ¡Suélteme!

—Te soltaré cuando digas la verdad. ¿Para quién trabajas? —Douglas sujetó la soga, de pie sobre el hombre y zarandeándolo con mano firme.

—¿Adónde se fue mi esposa? ¿Cómo logró salir de la mansión?

A medida que Douglas hacía las preguntas, también comenzó a sentir miedo.

Al principio había pensado en la posibilidad de que Lilianne lo hubiese abandonado, pero… ¿y si la habían secuestrado?

¿Y si la habían sacado de la casa y ahora la tenían sus enemigos?

Su expresión se volvió asesina ante aquella idea repentina.

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