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NO QUIERO TU AMOR POR LÁSTIMA romance Capítulo 14

Todo el cuerpo de Lucille vibró al escuchar su nombre pronunciado con aquel acento germánico y ese tono tan íntimo.

Maldita sea, él era el único que la llamaba por su nombre completo.

—Yo… necesito molestarlo para pedirle un favor… —Lucy comenzó, mirando por la ventana del segundo piso hacia la avenida.

—Necesito hacer desaparecer unos videos del aeropuerto en Sydney y los registros de desembarque de mi hermana y míos. Quiero crear pistas falsas…

Le explicó brevemente la situación.

—No hicimos nada malo, nosotras…

—¿Y qué si hiciste algo malo? —la voz del hombre maduro la interrumpió—. Si quieren desaparecer de Australia aprovechando un accidente aéreo, dalo por hecho…

El suspiro de alivio de Lucy casi escapó de su garganta, de no haber sido por las palabras siguientes.

—Pero vas a decirme en qué andas metida y me lo dirás a la cara, Lucille. Ya basta de escapar…

—Señor Adler…

—Vuelve a llamarme así y habrá consecuencias. Lo sabes, ¿verdad?

Lucy se tensó, y no precisamente por miedo.

Su maldito cuerpo no se comportaba con normalidad cuando se trataba de aquel hombre.

Frederick Adler, el que fue mejor amigo de su padre.

—Iré a visitarte cuando estemos en New York… Frederick…

Saboreó cada sílaba de su nombre mientras cerraba los ojos y aquel dolor sordo regresaba a su pecho.

Ese que había creído hundir bajo las capas de acero que construyó alrededor de su corazón.

Un silencio tenso se instaló en la línea entre ambos.

Un silencio que pesaba más que mil palabras.

—Cuando cuelgues conmigo, alguien te llamará para sacarlas de allí en un barco privado. Tiene un equipo médico a bordo para cuidar de tu hermana hasta que lleguen al próximo país de enlace…

—Tengo que ir primero a Canadá…

—¿Por qué a Canadá? Ven directamente a Estados Unidos…

—Son asuntos personales de mi hermana. Necesito ir primero a Canadá —le dijo, cortando sus órdenes.

Como siempre, él ya tomaba el control de toda la situación; así era su naturaleza.

Y no es que Lucy no quisiera dejarlo todo en sus manos competentes y llenas de recursos, sino que sabía que, cuanto más aumentara la deuda, más tendría que ceder frente a él.

—Bien, tan cabezona como siempre… —escuchó un resoplido y luego sus palabras bajas en alemán, como si hablara consigo mismo.

«Por eso me encantas, qué se le va a hacer».

Lucy se pellizcó el puente de la nariz, queriendo colgar y, al mismo tiempo, muriendo por seguir escuchando su voz susurrándole al oído.

—Entonces, gracias por la ayuda. Te debo esta…

—Y pienso cobrármela, pequeña Lucille… Que no te quede ninguna duda.

Lucy colgó la llamada como si el móvil le quemara las manos.

—Hermana, no te imaginas cuánto te quiero…

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