—…Dicen que es su socio, pero yo creo que esos dos están juntos…
—Suertuda la inglesita. ¿Has visto al semental ese? ¡Qué bueno está…!
—Con esa cara de dominante, tengo ganas de que me baje la braga a latigazos…
—Ejem… ¿Ya están listos los accesorios? —Lilianne salió de uno de los cambiadores y vio palidecer el rostro de sus asistentes.
—Se… señora, no sabíamos que estaba ahí…
—¿Está todo listo con las modelos? — Obvió el cotilleo.
—Sí, sí. Aquí está la lista con el orden y las piezas de ropa…
—Vamos…
A Lilianne no le importaba que la empresa inglesa estuviera ahora a cargo de la hija del dueño ni que esta hubiera venido acompañada de uno de sus socios.
Que fueran apuestos, feos, asesinos en serie o modelos de Victoria’s Secret le daba lo mismo.
Solo necesitaba algo de ellos: sus pieles de altísima calidad, obtenidas de un tipo específico de ganado tan raro.
Al fin, las luces se apagaron.
Las personas a las que debía impresionar estaban al otro lado de las pesadas cortinas y ella permanecía detrás, asegurándose de que todo quedara perfecto.
—¡Pásame el alfiler…! ¡No, ese no, el más largo! ¡No vayas a salir sin arreglarte ese cierre…!
Lily estaba eufórica, moviendo a su gente de aquí para allá.
Con cada cambio de modelos había que hacer ajustes y caminaba entre los probadores, comprobando que todo estuviese impecable.
Lucy había tenido que ir a cerrar un trato en Miami y Lilianne tuvo que enfrentarse sola a aquel desafío.
Pero ella podía con aquello y con mucho más.
Al fin, después de casi una hora, escuchó la voz de Oliver desde el exterior.
—Y con ustedes, la mente maestra detrás de todo este desfile de otoño, nuestra diseñadora estrella: Lilianne Valehart.
Con la práctica adquirida en tantos desfiles, Lily salió del trasfondo y se concentró en la pasarela que se abría frente a ella.
Las modelos estaban a los lados, aplaudiendo lentamente mientras ella avanzaba por el centro.
Llevaba el cabello recogido en un clean look elegante y estilizado.
Unos aretes de platino colgaban hasta su cuello esbelto, que permanecía despejado para dar protagonismo al escote de barco del vestido borgoña.
Se veía impresionante mientras avanzaba con pasos seguros sobre sus altos estiletos negros.
Le sonrió sutilmente a Oliver, que subió a la pasarela para tomarla de la mano y llevarla hasta el final.
Las luces cálidas la encandilaron de repente y apenas podía ver a las personas sentadas al borde de la pasarela, hasta que el sonido áspero de una silla al caer llamó su atención.
Entonces, sus ojos chocolate se fijaron en la persona que se había levantado bruscamente y sintió que su corazón casi se paralizaba.
Unos ojos grises, llenos de incredulidad y tormentas, la miraban fijamente como si estuviesen contemplando una aparición.
El elegante salón quedó en silencio y fue como si el tiempo se detuviese entre los dos.
Era él…
El hombre del que había escapado y al que, a la vez, había extrañado cada noche, por mucho que se negara a admitirlo.
—Señor Calder… ¿Sucede algo? —preguntó Oliver con voz interrogante, apretando con más fuerza la mano de Lilianne, que había comenzado a temblar.
—¿Douglas?
Una mujer rubia, elegante y de belleza clásica, se levantó al lado del hombre alto, vestido con un traje azul marino hecho a medida que se pegaba a sus fuertes músculos como una segunda piel.
Pero él no dijo nada.
Solo miraba a Lilianne como si fuese a desaparecer al segundo siguiente.

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