Lilianne puso las manos como escudo contra el pecho de Douglas, pero el brazo de él se cerró alrededor de su cintura y la pegó a su cuerpo con una fuerza dolorosa.
Sus dedos en la barbilla no la dejaban retroceder.
La boca de Douglas asaltaba la suya y buscaba entrar.
El beso era una mezcla de desesperación, rabia y oscura posesividad.
Pero aquella ya no era la Lilianne que se dejaba callar y seducir por unas cuantas migajas.
Abrió la boca, sí, pero para morderle el labio inferior con una fiereza que lo hizo sangrar y gruñir de dolor.
Douglas apenas retrocedió cuando sintió el impacto de su pequeña mano contra el rostro y miró directamente aquellos ojos llenos de rabia.
—Como vuelvas a tocarme y a besarme a la fuerza, te voy a denunciar por acoso. Esto no es tu rancho y yo ya no soy tu mujer —le advirtió Lilianne con la voz cargada de una furia temblorosa.
—Si ya me enterraste, déjame muerta y vete de mi vida, porque estaba muy bien sin ti...
Antes de que él pudiera siquiera reaccionar, el cabello de Lilianne lo golpeó en la cara por la fuerza con la que ella giró sobre sus altos tacones y se alejó por el pasillo.
Firme, increíble, sin rastros de aquella debilidad ni del titubeo al caminar.
Se había convertido en una mujer que Douglas jamás pensó que llegaría a ser.
Permaneció en el pasillo durante unos segundos sin seguirla, aunque cada fibra de su cuerpo le gritaba que lo hiciera.
Su mente comenzaba a enfriarse después de tantas emociones simultáneas.
Cuando la vio avanzar por aquella pasarela, sintió que el cielo y el infierno se le abrían al mismo tiempo.
Levantó los dedos y se limpió la sangre del labio mientras una sonrisa retorcida y hasta feliz aparecía en sus facciones masculinas.
—¿Que no eres mi mujer? ¿Quién carajo te dijo eso, Lilianne? En Australia, Estados Unidos o Marte, tú sigues siendo mi maldita esposa… y esta vez no podrás esconderte debajo de ninguna tumba.
Ella lo había malinterpretado por completo, pero ahora Douglas no se quedaría callado.
Aquella Lilianne había reavivado todo el fuego y los sentimientos que nunca murieron en su corazón.
Se limpió la sangre con la lengua y regresó por aquellos pasillos desconocidos, siguiendo la estela de su perfume.
Casi al llegar al salón, se encontró de frente con Beatrice Whitmore, la heredera del negocio por el que dejó de lado hace cinco años aquella conversación con Lilianne.
—¿Qué sucedió, Douglas? Te estaba buscando… —dijo, mirando con el ceño fruncido la marca de su labio, que Douglas ni siquiera se molestó en ocultar—. Eso…
—Me haré cargo personalmente de este negocio y ya está decidido: firmaremos con esta casa de moda —le comunicó con sequedad, sin darle demasiadas explicaciones.
Para algo era el dueño de las reses.
El destino había querido que aceptara acompañar a Beatrice a aquel evento, pero lo suyo era proporcionar las materias primas.
Su llegada a Estados Unidos no tenía nada que ver con hacer negocios relacionados con la moda.
—Pero… ¿Conoces de algo a la diseñadora? Ustedes…
—Es mi esposa —respondió Douglas sin darle más explicaciones y pasó por su lado con aquella aura fría y distante que siempre había mantenido.
La conmoción de Beatrice fue evidente.
¿Acaso su mujer no estaba muerta?
Douglas le había dicho que era viudo y que no estaba disponible para ninguna relación sentimental.
La mirada de Beatrice se llenó de desilusión.
Desde la primera vez, le había encantado aquel macho australiano lleno de rudeza, vestido con trajes caros y perfumes de diseñador.
Cuanto más la rechazaba Douglas, más se empecinaba ella.
Estaba dispuesta a devolverle la felicidad. Pero ahora…

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