Lilianne miró a través del retrovisor a las cuatro niñas que parloteaban la mar de alegres en los asientos traseros.
Había ido a visitar a las mejores amigas de Sophie y Sienna, otras gemelas.
Eran dos pares de gemelas, lo cual resultaba bastante curioso.
Sus padres tenían una cena de aniversario, los abuelos vivían lejos, en Miami, y, en un arranque de bondad, Lily decidió organizar una pijamada en su casa para cuidarlas.
No sería la primera vez y había tenido tan encerradas estos días a sus bebas que bien les venía algo de distracción.
Sin embargo, mientras estaba detenida en un semáforo, Lilianne volvió a mirar por el retrovisor y frunció el ceño.
¿Acaso ese no era el mismo Ford que iba detrás de ella cuando pasaron frente al Walmart?
Su corazón se saltó un latido mientras apretaba el volante.
La luz verde volvió a indicarle que podía avanzar y bajó sin dudar el pie sobre el acelerador, solo un poquito para apresurarse.
Incluso tomó un pequeño desvío para salir de su ruta habitual, pero el mismo auto la siguió silenciosamente.
A veces dejaba que otros lo sobrepasaran y se ocultaba a medias, pero, casualmente, siempre se movía en su dirección.
Lily miró de nuevo a sus gemelas, con los cinturones puestos y moviendo las muñecas en el aire.
Tenían que ser Douglas y su maldita vigilancia.
Ni se molestó en negarle que tenía dos hijas; sabía muy bien que él la investigaría.
Incluso recogió a las amiguitas de Sophie y Sienna en el estacionamiento subterráneo del condo de sus padres; nadie debió verlas.
Pero Lily sabía que todo este misterio no duraría para siempre.
Mientras tomaba la avenida para llegar a su zona residencial privada, vio a un agente de policía y estuvo a punto de ir a pedirle que revisara el Ford que la seguía.
Sin embargo, su mirada volvió a dirigirse al retrovisor y el discreto auto ya no estaba.
—¿Me lo estaré imaginando?
—¿Qué cosa, momi?
—¿Qué…? —La pregunta de Sienna la tomó por sorpresa.
—¿Qué te imaginas?
Lily torció la boca. Parecía que había hablado en voz alta.
—Nada, mi amor. Estaba imaginando todas las cosas ricas que voy a prepararles hoy para que jueguen en la piscina.
—¡Sííí!
Las cuatro niñas gritaron llenas de emoción, hasta que una de las amigas preguntó:
—¿El papá de Sophie y Sienna viene a su fiesta de cumpleaños?
Lily se tensó mientras pasaba por el portón de seguridad y sentía los cuatro pares de ojos fijos en su nuca.
Era peor que un interrogatorio en un juicio penal.
—Este… bueno…
“Oh, Dios, ¿qué más me invento?”
—Mamá nos dijo que sí y mamá nunca miente…
Para rematar, la inocente Sophie respondió por ella con voz dulce.
“Tesoro mío, que tu fe en mí dure para siempre. Ni te imaginas el libro de mentiras que tengo”.
Afortunadamente, la atención se desvió cuando comenzaron unos dibujos animados en la pequeña pantalla situada detrás de los asientos delanteros.
Lilianne entró por la puerta eléctrica que llevaba al garaje bajo su mansión.
Agradeció haber creado un lugar seguro y privado para su familia.
Un lugar que ahora mismo estaba siendo invadido por un espía de su querido esposo.
El mismo esposo que tenía un Mercedes estacionado, como un verdadero acosador, cerca del portón principal de aquella zona de mansiones.
Douglas habría querido tener visión de rayos X para ver a través de los estúpidos cristales tintados.
Pero sabía que ese era el auto de ella y estaba casi seguro de que sus gemelas iban dentro.
—Hermes, dile al hombre que consiga algo para tomar la muestra, aunque sea de una de las niñas. Si falla, que se ahogue él mismo en la piscina o lo haré yo.
*****
—Nadie se baja hasta que no les desabroche los cinturones…
Lily les dijo a las pequeñas mientras se quitaba el suyo, pero en ese preciso instante le sonó el móvil.
Se extrañó al ver que era el número de su propia casa.
—Atenas, ya estoy en el garaje…

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