Cuando Gael salió acompañando a Nanette, le dedicó una mirada instintiva a Elisa.
—Hiciste un buen trabajo manejando la situación hoy.
Logró subir a los escandalosos al último piso en tiempo récord, evitando cualquier chisme o crisis de relaciones públicas.
Pero lo que realmente le sorprendió fue otra cosa.
Para ser una mujer que parecía tan frágil, tenía una fuerza brutal.
Había arrastrado a un tipo de veinte años por las escaleras como si fuera un muñeco de trapo.
Y, de paso, casi le arranca el dedo meñique...
No cabía duda de que era la misma mujer que casi convierte en eunuco a su marido infiel.
En el hospital.
El doctor le dio una orden médica a Nanette para que se hiciera una ecografía.
Mientras ella estaba en la sala, el corazón de Gael latía a mil por hora en el pasillo.
Cuando salió, Nanette puso su mano sobre la de él.
—Gael.
Él parpadeó, volviendo a la realidad.
—Dime, Nanette.
Ella dudó por un largo momento y, al final, decidió tragarse las palabras que iba a decir.
Ya no quería intentar darle consejos.
Era mejor dejar que él mismo encontrara el camino para salir de su propio abismo.
—¿Pasa algo?
Nanette cambió el rumbo de sus pensamientos.
—Elisa formó parte de la Alianza desde el principio. Sus habilidades superan con creces lo que has visto hasta ahora. Además, Noel la respeta mucho como antigua compañera de universidad, así que puedes confiar en ella a ciegas.
—Lo sé —asintió Gael.
La voz del altavoz anunció el nombre de Nanette.
Ella entró a la consulta.
Gael se quedó esperando afuera un buen rato. Al ver que no salía, la ansiedad volvió a atacarlo.
Justo cuando levantó el puño para tocar la puerta, esta se abrió y Nanette apareció.
Traía los resultados de la ecografía en la mano.
—Nanette, todo está bien, ¿verdad?
Ella sonrió suavemente.
—Es una verdadera lástima que Noel esté de viaje de negocios otra vez.
***
Esa misma noche.
El hombre que supuestamente estaba de viaje regresó a San Lirio de imprevisto.
Y corrió a La Mansión Cortés a la velocidad del rayo.
Nanette estaba charlando con Don Joaquín en la sala.
Cuando lo vieron entrar como un huracán, ambos pensaron que estaban alucinando.

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