Dante no procesó sus palabras de inmediato.
—¿Cómo que fuiste tú?
—Fui yo quien mandó a que le dieran las pastillas abortivas a la fuerza. Cuando te llamó desesperada pidiendo ayuda, yo fui quien apagó tu teléfono.
Dante lo miró completamente horrorizado.
—¡Papá! ¡¿Cómo pudiste hacer algo así?! ¡Era tu propio nieto!
—¡¿Qué nieto ni qué nada?! —Sergio estalló en cólera—: ¡Abre los ojos de una maldita vez, Dante!
—¿De verdad crees que se acostó contigo porque le gustabas? ¡Solo quería usarte a ti y usar a ese niño!
—¡No le interesa ser la esposa de Dante Cortés! ¡Solo quería usar esto para acercarse a Noel!
—¿Qué te hace creer que eres tan especial para ella? ¡La única razón por la que te buscó fue porque se quedó sin opciones, porque nadie más la iba a ayudar y tú fuiste su último recurso!
—¡Te usó como a su tonto útil y tú aquí sufriendo por amor!
Dante agachó la cabeza, sintiéndose humillado.
—Pero ella era la única mujer de la que de verdad me había enamorado.
Sergio suspiró profundamente.
—Dante, tienes que cambiar.
—Si hoy tu tío y tu primo nos toleran y nos dan todo, es solo por el lazo de sangre. Pero si algún día ese cariño se acaba, de verdad terminaremos en la calle.
Dante no respondió.
Pero Sergio sabía que sus palabras habían hecho eco en él.
De lo contrario, con lo terco que era, ya le habría contestado a gritos.
Sergio murmuró con melancolía:
—Ya ni siquiera espero que limpies el honor de la familia. Con que algún día te cases con una buena mujer, como Nanette, yo me doy por bien servido.
Dante torció los labios en una mueca irónica.
—¿Una mujer como ella fijándose en mí?
Sergio se quedó callado.
Tenía razón.
***
Dante dio un salto del susto cuando alguien salió de las sombras y se le paró enfrente.

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