—Señor Solano.
Elisa no quería interrumpir, pero escuchar aquellas palabras le estrujaba el corazón.
Gael se giró y la miró.
—¿Quién te dio permiso de venir a buscarme aquí?
Elisa no se inmutó.
—¿Olvidó que esta noche cenamos con un cliente crucial? Ya son casi las cinco. Si no hay tráfico, tardaremos al menos una hora en llegar.
—Por supuesto, en San Lirio es hora pico, así que seguro nos toparemos con un embotellamiento. Tenemos que irnos ya.
Gael se bebió el último trago de su cerveza de un golpe y se puso de pie.
Llevaba tanto tiempo sentado que se le habían entumecido las piernas, y tambaleó un poco. Elisa no hizo amago de sostenerlo; simplemente se quedó quieta y le echó un vistazo a la dulce sonrisa de la mujer en la lápida.
Gael habló con tono hostil.
—No vuelvas a venir aquí.
Elisa: —Entonces, cuando lo necesite, asegúrese de estar localizable. Porque si no lo está, lo buscaré sin importar dónde se esconda.
Gael frunció el ceño con disgusto.
—¿Mis palabras no te importan?
Elisa lo miró con calma.
—Por supuesto que importan. Pero yo elijo qué escuchar. Y si considero que algo es irracional, también puedo ignorarlo.
Gael: —Tienes bastante carácter. Lástima que a mí no me agrade.
Elisa: —Tampoco pretendo agradarle. Vine a Nube Alta a trabajar, no a complacer a nadie.
***
Para cuando terminó la cena de negocios, eran las diez de la noche.
Gael volvió a beber de más.
A Elisa ya no le sorprendía. A ojos de los clientes, era una gran muestra de sinceridad: él se embriagaba antes que ellos.
Pero para Elisa, su jefe solo aprovechaba cualquier excusa para ahogar sus penas en alcohol.
Afortunadamente, hoy todavía estaba algo consciente.
Elisa también había bebido, así que llamaron a un conductor designado.
Ambos esperaban en la acera. Elisa sacó un cigarrillo de su cajetilla y se lo llevó a los labios.
Gael la miró de reojo.
—¿Fumas?
Ella le extendió la cajetilla.

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