—Estar con alguien como tú es agotador —continuó Noel—.
»Jovita, te daré un consejo de buena fe.
»Recapacita mientras puedas.
Mientras hablaba, Noel comenzó a manipular algo en la pantalla de su teléfono.
Otra vez, se hizo un silencio sepulcral.
Entonces, Jovita rompió a llorar a gritos a través de la línea.
Y de los llantos pasó a las carcajadas.
Sonaba como alguien que había perdido el juicio por completo.
—Noel, ven a buscarme, ¿sí?
»Ven por mí, quiero verte.
»Te extraño muchísimo, me estoy volviendo loca por no tenerte.
»¿Qué te parece esto? Puedes casarte con ella. Cásate con ella, no me importa, pero déjame quedarme a tu lado, ¿sí?
»No pelearé con ella, no intentaré arrebatártelo. Me quedaré en silencio a tu lado, siempre y cuando pueda verte a menudo. ¿Aceptas?
Nanette por fin lo tuvo claro.
Jovita había perdido la cabeza de verdad.
Ella, que alguna vez fue una mujer tan altiva, jamás habría dicho semejantes cosas.
—No tengo ninguna intención de tener amantes —respondió Noel, sin alterarse—. Búscate a otro.
—Noel, ya me humillé y te supliqué. ¿En serio vas a ser tan despiadado?
»Bien. Entonces saltaré desde aquí.
»Me encargaré de que todos sepan que fueron ustedes quienes me empujaron a la muerte.
»Moriré el día de su boda para que su conciencia no los deje dormir nunca más.
»Volveré por ustedes, se los juro. Vivirán aterrados el resto de sus vidas.
—Adelante —dijo Noel.
Y colgó de inmediato.
Durante todo el intercambio, Nanette siguió comiendo su emparedado de pavo sin mostrar la más mínima alteración.
Gael soltó un pequeño bufido.
—¿Acaso esas fueron las últimas patadas de ahogado?
—Como no había nada más que hacer, decidí tomarlo como un espectáculo gratis —comentó Nanette.
—¿Crees que de verdad se suicide? —preguntó Gael.
Nanette se encogió de hombros.
—Por lo que la conozco, dudo que lo haga, pero...

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