Al compás de una hermosa melodía, Nanette avanzó lentamente hacia Noel, sostenida del brazo de Remigio Vidal por un lado y de su padrino, Quintín, por el otro.
Cuando llegó frente a él, comprendió a qué se refería con que él sería quien haría el ridículo.
Estaba llorando.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Al tomar la mano de Nanette, sus dedos temblaban ligeramente.
Era la primera vez que ella lo veía llorar con sus propios ojos.
Pero no era la primera vez que él derramaba lágrimas.
Isaac le había contado que, la vez que ella lo rechazó, él se quedó sentado frente a su edificio durante mucho tiempo y terminó llorando.
Aquella vez había sido por arrepentimiento y dolor.
Hoy, era por felicidad y emoción.
Ya no era aquel hombre que escondía sus sentimientos a toda costa; finalmente se había convertido en alguien con un alma viva.
Nanette levantó la mano y le enjugó las lágrimas.
—Tanta gente mirándonos, ¿no te da miedo que se rían de ti?
Noel tomó su mano y le besó las yemas de los dedos.
—Mientras te tenga a mi lado, no le tengo miedo a nada.
A lo único que verdaderamente le temía era a perderla.
Tina, con una canasta de flores en una mano, avanzaba paso a paso mientras sostenía a Aarón con la otra.
El pequeño parecía entender perfectamente qué día era; no hizo rabietas ni se portó mal, dando cada paso con firmeza.
A pesar de estar frente a tanta gente, no mostraba ningún temor.
Joaquín Cortés murmuró por lo bajo:
—¿Lo ves? Ese es el futuro heredero de la familia Cortés. ¡Qué porte tan increíble tiene!
Remigio Vidal soltó un bufido.
—Eso es porque por sus venas corre mi sangre, si no, ¿crees que sería tan asombroso?
—¿Qué tiene de bueno que lleve tu sangre? —replicó Joaquín—. ¡Todo el día andas con cara amargada, regañando a todo el mundo como si fueran tus subordinados! ¡Eres un necio!
—¿Y qué tiene de malo ser directo? ¿Acaso preferirías que fuera como tú, con la mente llena de trampas y rodeos?
—¡A quién le dices tramposo! ¡En toda mi vida, solo he amado a la madre de Noel, que te quede claro!
—¡Quién sabe!
—Remigio, no te pases de la raya.
—¿Y qué si me paso? ¿Me vas a golpear?
—Tú...
—¿Yo qué? Yo...
De pronto, Remigio sintió un dolor agudo en el brazo; Daniela de Vidal lo había pellizcado con fuerza.
—¡No es el momento para andar discutiendo! —lo regañó ella en voz baja—. ¡¿Acaso no saben en dónde están?!
Remigio cerró la boca de inmediato.


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