Sabina Prieto le habló con un tono lleno de paciencia y sabiduría:
—Noel es un chico con mucho criterio y visión. Actúa con mucha prudencia y siempre ve las cosas a largo plazo. En decisiones importantes como esta, deberías pedirle su opinión.
Nanette se sintió un poco abrumada y murmuró sin pensar:
—Como si yo fuera una inmadura. Ya sé que él es brillante, pero yo tampoco me quedo atrás...
Sabina hizo una pausa, sorprendida.
—Nanette, ¿te peleaste con Noel?
Nanette reaccionó de inmediato.
—¿Qué? ¡Claro que no!
—Normalmente, cuando hablo de Noel, tú no te pones así. Hoy estás actuando muy raro.
—No es cierto...
—¿De verdad que no? —Sabina sonrió con cierta picardía—. Entonces, ¿por qué los dos andan tan raros?
Nanette se defendió con un tono casi infantil:
—Yo no estoy rara.
—Entonces debe ser él quien está raro.
—Él... —El corazón de Nanette dio un vuelco repentino—. ¿Por qué dices que él está raro?
Sabina apiló los tazones limpios y se secó las manos.
—Fue él quien me trajo hasta aquí.
Nanette se quedó paralizada.
¿Noel estaba ahí?
—Está allá abajo, esperando en el auto en el estacionamiento. Le dije que subiera, pero no quiso. Le pregunté por qué y me contestó que no le gusta el olor a desinfectante de los hospitales.
»La verdad es que no sé desde cuándo a este muchacho le dejó de gustar el olor a hospital.
Nanette se quedó pensativa durante un largo rato.
Sabina abrió la puerta.
—Nanette, ¿qué pasa?
Nanette volvió en sí de golpe.
—Madrina, voy a bajar un momento. ¿Me cuidas a Tina?
Sin esperar respuesta, salió corriendo.
Sabina la siguió un par de pasos para advertirle.

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