—Gali...
Yolanda fue detrás de Galileo, con un nudo en la garganta. Lo siguió hasta la puerta del estudio, donde Galileo por fin se detuvo.
—Quiero estar solo un momento.
Yolanda se plantó frente a él, obligándolo a mirarla. —Gali, lo siento mucho. Te juro que no fue a propósito, yo no sabía que mi papá iba a hacer algo así...
Galileo observó esos hermosos ojos llorosos, pero en su interior ya no había espacio para sentir nada.
En el pasado, pensaba que, aunque el amor se acabara, al menos quedaría la compasión.
Pero ahora, se sentía completamente vacío.
Toda la profunda devoción que una vez tuvo, había quedado reducida a cenizas por culpa de tantas manipulaciones.
Había creído que esta mujer era su único amor verdadero, pero resultó ser solo una farsa.
Al final del día, ella también era solo una herramienta utilizada en su contra.
En ese momento, una empleada se acercó corriendo y le dijo con urgencia a Yolanda: —Señora, el bebé parece tener hambre. Está llorando mucho.
Yolanda, sin embargo, no despegó la mirada de Galileo.
Él suspiró con pesadez. —Ve a darle de comer al bebé. Lo que sea que tengamos que hablar, lo hablaremos más tarde.
Yolanda le preguntó con desesperación: —Gali, ¿me odias?
Galileo no respondió y cerró la puerta.
Se encerró en la habitación.
En medio de una densa nube de humo, su rostro mostraba expresiones inescrutables. Sus emociones eran un torbellino.
Las palabras de Luis Camoso no dejaban de resonar en su mente.
«Tu padre, antes de casarse con tu madre, tenía a una mujer a la que amaba profundamente. Una mujer brillante en todos los sentidos.»
«Anatolia también le tenía mucho cariño, pero lamentablemente ella no venía de buena familia, no estaba a la altura de los Godoy. Así que al final, tu padre, por los intereses familiares, se casó con tu madre.»
«Pero él nunca cortó lazos con esa mujer. Su relación solo terminó cuando ella murió al dar a luz a Dina.»

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