Anatolia se quedó sorprendida: —Pero si todo está bien, ¿por qué quieres irte con tus padres?
Yolanda: —Esta vez le causé muchos problemas a la familia Godoy y me siento muy apenada. Pensé que lo mejor sería mudarme. Si me voy, nadie pensará cosas raras.
Anatolia: —Nadie te echa la culpa de eso, fueron puros inventos de esos periodistas sin escrúpulos. Tú concéntrate en tu recuperación del posparto y no te me andes moviendo.
—Además, si te vas a casa de tus padres ahora, ¿qué van a pensar ellos de nosotros? Van a creer que no te cuidamos bien y que por eso te fuiste ofendida.
Yolanda sollozó: —Yo les voy a explicar.
Anatolia: —Nada de explicaciones. Quédate a vivir aquí y recupérate tranquila, no te preocupes por nada más.
—Pero...
Ivón vio su oportunidad para intervenir: —Yolanda, ¿acaso alguien te dijo algo?
Dina se animó de inmediato: —¡Nanette! ¡Seguro tú fuiste la que le dijo que se largara!
Nanette solo le sonrió.
Dina gritó: —¡De qué te ríes! ¡Estoy segura de que fuiste tú!
Nanette respondió sin ganas: —Me da risa que te la pases de mensa todo el día.
—¡Tú...!
Galileo soltó un gruñido: —¡Dina, siéntate!
Dina refunfuñó: —¡Galileo! ¡Aparte de ella, quién más trataría mal a Yolanda! ¡Seguro fue ella! ¡Por qué la sigues defendiendo!
Galileo: —Nanette estuvo conmigo todo el día. ¿Crees que tú sabes mejor que yo si la ofendió o no? Más bien tú, con los problemas tan graves que teníamos en casa, ¿cómo es que te fuiste muy quitada de la pena a pasear con tus amigas?
Al sentirse expuesta, Dina se sentó mascullando por lo bajo.
—Y otra cosa, ¡que no te vuelva a escuchar hablándole así, o vas a ver cómo te va!
Dina abrió los ojos como platos por la sorpresa.
—¡Galileo! ¡Desde cuándo defiendes a esta mujer!
Esa pregunta era muy acertada.
Hasta a Nanette le parecía increíble.
¿Será que, como ella lo salvó en la rueda de prensa, ahora le estaba aventando migajas de amabilidad?
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