La mirada de Irene se oscureció un momento.
Después de todo, se había graduado de una universidad de prestigio.
Si no hubiera pisado la cárcel, ahora mismo estaría devorándose al mundo.
Y definitivamente no estaría rebajándose a servirles tragos a hombres asquerosos en el club Cúpula Noir.
Para terminar convertida en el ave cautiva de un millonario.
Pero, ser el ave cautiva de Galileo Godoy era algo que aceptaba de buena gana.
Irene jamás había amado a nadie, hasta que Galileo le arrebató la inocencia; ahí cayó rendida ante él.
Algunos dirían que era la tonta fantasía del primer hombre.
Quizás sí...
Pero fuera lo que fuese, el amor ya estaba incrustado en su alma.
—Aunque tengas razón —Galileo gruñó, aún resentido—. Esa mujer me traicionó. No puedo tragarme este veneno.
Irene dejó escapar una risita burlona.
—Ella nunca fue tu mujer para empezar. Fue la mujer de tu hermano; era tu cuñada. Su relación nunca salió de las sombras, ni le diste un lugar respetable a tu lado.
»Entonces, ¿de qué traición hablas?
Galileo se sumió en sus pensamientos por un largo rato.
Al final, estiró la mano y pellizcó la mejilla de Irene con fuerza.
—Pequeña bruja, ¡eres la única con el descaro de decirme esto en la cara!
Galileo regresó a su residencia en Cumbres de la Reina.
En la casa, solo estaba la mucama, limpiando la habitación de Yolanda.
Galileo repasó cada rincón del lugar con ojos gélidos.
Esa había sido la recámara de su esposa.
En aquellos días, su mujer lo esperaba pacientemente en este mismo cuarto, rogando por una pizca de atención, una simple conversación.
Pero él la detestaba y se negaba a poner un pie allí.
Tenía a Yolanda metida entre ceja y ceja.
Incluso cuando su esposa fue humillada por Yolanda, él fingió ceguera y la acusó de ser inmadura y celosa.
Recordar todo eso lo carcomía por dentro.
—¡¿Dónde está Yolanda?! —ladró.
La empleada dio un respingo, tardando en asimilar el grito.
—¿Busca a la señora Yolanda? Salió con su madre a hacerse un tratamiento de belleza.

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