Parecía que no le daba asco en lo absoluto recibir en su propia mano lo que él escupiera.
Noel masticó la comida lentamente, con los ojos fijos en ella, y sintió una repentina y profunda oleada de satisfacción.
Era una sensación de plenitud que jamás había experimentado en toda su vida.
¿Cómo iba a escupir la comida sobre su mano?
Además, el sabor era genuinamente exquisito.
Al ver que lo había tragado, Nanette preguntó:
—¿Sabe mal?
Los labios de Noel se curvaron en una leve sonrisa.
—Nunca imaginé que el hígado pudiera ser tan delicioso.
Nanette hizo un pequeño puchero.
—Seguro lo dices solo para quedar bien.
—Es la verdad. Siempre creí que tenía un olor muy fuerte y un sabor desagradable, por eso lo evitaba. Pero al probar cómo lo preparas, me doy cuenta de que es un manjar.
Nanette se sintió bastante orgullosa.
—Por supuesto que sí. Cada plato que cocino lo estudio con cuidado, tomo las recetas originales y les añado mi toque personal.
Al notar cómo los ojos de Nanette brillaban de alegría al hablar de eso, la sonrisa de Noel se hizo más amplia.
—¿Te gusta cocinar?
—Hmm... —Nanette lo pensó un momento—. No diría que me fascina, pero si tengo tiempo y estoy de buen humor, lo hago. Creo que hay muchas formas de sanar el alma, y cocinar es una de ellas. A fin de cuentas, comer bien es de las cosas más importantes de la vida.
—Aunque ahora, con Melba en casa, casi no entro a la cocina. Ella es igual que tú, apenas me ve intentar preparar algo, me detiene.
—Melba hace lo correcto —afirmó Noel.
Noel se terminó hasta el último bocado del plato.
Nanette estaba asombrada.
—Creí que, por las heridas, no tendrías mucho apetito, así que te serví una porción pequeña.
—Mi apetito estuvo bastante bien.
«¿Bastante bien? ¡Si casi dejas limpio el plato!», pensó Nanette con gracia.
—¿Quedaste satisfecho? Si quieres, puedo prepararte un poco más.
—Estoy satisfecho —respondió él.
Nanette soltó una carcajada.
—Mejor así, porque dudo que haya sobrado algo en la cocina. Isaac debe estar devorándose el resto.

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