Una vez que Silvio salió del departamento, Irene por fin habló.
—¿Por qué cancelaste la mudanza? Antes estabas desesperado por irte. Tu madre no para de repetir que esa casa está maldita y cuenta los minutos para largarse de ahí.
Galileo jugueteaba distraídamente con los dedos de Irene.
—Que esté maldita es algo bueno. Los fantasmas pueden llegar a ser muy divertidos.
Irene no entendió el doble sentido de sus palabras.
—¿Entonces ya decidiste qué vas a hacer con Yolanda?
Galileo se llevó uno de los dedos de Irene a la boca y lo mordió con fuerza.
Irene frunció el ceño por el dolor.
Sabía lo que pasaba; aunque por fuera pareciera inmutable, la rabia que lo estaba consumiendo por dentro necesitaba salir de alguna manera.
Si no liberaba esa furia, simplemente no sería Galileo Godoy.
***
Esa misma tarde, Galileo regresó a la mansión de Cumbres de la Reina.
Apenas cruzó la puerta, los reclamos de Ivón no se hicieron esperar.
—¡Galileo, explícame qué demonios significa esto! Acabo de llamar a la empresa de mudanzas para confirmar la hora de mañana y me salen con que fuiste tú quien les ordenó cancelar todo. ¿Es eso cierto?
Le importaba más una simple mudanza que preguntar dónde había pasado la noche su hijo.
—Sí, yo les dije que cancelaran —respondió Galileo.
—¿Pero por qué? ¡Si tú eras el más interesado en salir de aquí! Yo no quiero pasar ni un segundo más en esta casa llena de desgracias.
El tono de Galileo era helado y distante.
—Si no quieres vivir aquí, vete. La familia Godoy tiene decenas de propiedades, puedes instalarte en la que más te guste.
Ivón se quedó descolocada.
—¿No te vas a venir a vivir conmigo?
—Yo me quedo aquí —sentenció él.
Ivón abrió la boca para seguir reclamando, pero Galileo la cortó de tajo.
—Cállate ya, estoy exhausto.
Ivón cerró la boca de golpe.
Se suponía que ella era la madre, pero él le daba órdenes como si fuera su hija.
Era el mundo al revés.
Pero no tenía otra opción que obedecer. Galileo era el pilar absoluto de la familia Godoy ahora mismo, y ella no era tan estúpida como para declararle la guerra a la única persona que la mantenía rodeada de lujos.
—¿Dónde está Yolanda? —preguntó Galileo.

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