En otro momento de su vida, Nanette probablemente habría tratado de calmar a Iris. Le habría dicho que no valía la pena discutir por un simple pastelito y que lo dejara pasar.
Pero hoy, las cosas eran diferentes.
Guardarse el coraje solo servía para enfermarse. Era mejor soltarlo y vivir en paz.
—Señor —dijo Nanette, dirigiéndose al dueño—, ¿cuánto cuesta este pastelito?
—Quince pesos —respondió el hombre.
—Le doy treinta. Véndanoslo a nosotras.
El dueño, apegándose a la regla de "el primero que llega se lo queda", ya tenía pensado dárselo a Iris.
—Me parece bien, se lo empaco enseguida.
—¡Un momento! —intervino Eloísa, acercándose con aires de grandeza—. Señor, le doy cincuenta pesos. Me llevo yo este pastelito.
Nanette esbozó una sonrisa ladeada.
—Vaya, ¿así que también te gustan los dulces? A tu edad, ¿aún tienes tan buena dentadura para masticarlos?
Eloísa la fulminó con la mirada.
—¿Y a ti qué te importa?
—Oh. —Nanette desvió la mirada hacia el Cachorro y fingió sorpresa—. ¿Acaso es para tu hijo?
El rostro de Eloísa se descompuso de rabia.
—¡Qué hijo ni qué nada! ¡Cuida esa lengua venenosa! ¡Él es mi amigo!
—Ah, tu amigo... —Nanette se cruzó de brazos, adoptando una postura relajada y burlona—. No sabía que tenías estos gustos.
Eloísa tampoco esperaba encontrarse con Nanette allí.
En el fondo, cuando la vio, sintió una punzada de nerviosismo.
Aunque en su círculo social era un secreto a voces que las mujeres maduras se paseaban con jovencitos, ser descubierta in fraganti por alguien conocido seguía siendo un duro golpe a su orgullo.
Por eso, no quería alargar la conversación.
—Señor, cincuenta pesos. Empáquelo de una vez.
El dueño parecía acorralado.
—Pero, señora, ellas llegaron primero...
Eloísa levantó su bolso de diseñador, como si con ello pudiera intimidarlo.
—¿Cincuenta le parece poco? Entonces, cien pesos.
—Esto... —balbuceó el vendedor.
Nanette sonrió de lado.
—Yo ofrezco doscientos. Como si nos faltara el dinero.
Al escuchar eso, a Eloísa se le encendió la sangre.
—¿Quieres competir con dinero? ¡Perfecto! Vamos a ver si tienes con qué ganarme. ¡Señor, le doy cuatrocientos!
—Ochocientos —replicó Nanette sin inmutarse.
Eloísa apretó los dientes.
—¡Mil pesos!

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