—No me beneficia en nada —respondió Nanette con total calma—, pero tampoco me perjudica.
Al ver cómo Félix agarraba al Cachorro por el cuello, dejándolo con la cara roja por la falta de aire, el pánico de Eloísa aumentó.
—¡Por lo que más quieras, hazlo por la memoria de tu padre! ¡Convéncelo de que lo suelte! Tu padre siempre adoró a Félix, su mayor deseo era que lo trataras como a tu propio hermano de sangre.
Había que reconocer que, esta vez, Eloísa había dado en el clavo.
La figura de Guillermo Larco seguía siendo intocable en el corazón de Nanette.
Recordó las palabras de Guillermo en el video que le dejó: le pedía que cuidara de su hermano, que si alguna vez Félix cometía un error, ella le tendiera la mano para ayudarlo a corregir el rumbo.
Y si no intervenía pronto, el pobre gigoló moriría asfixiado.
Soltando un suspiro de resignación, Nanette se levantó.
Caminó hacia ellos y le dio unas palmaditas en el hombro a Félix.
—Ya suéltalo. Si lo sigues ahorcando, lo vas a matar.
Fue entonces cuando Félix se percató de su presencia.
—¡Nanette! ¡Llegaste en el momento perfecto! Ayúdame a destrozar a este imbécil. ¡Tiene el descaro de seducir a mi mamá! ¡Vas a ver cómo lo acabo!
Nanette se inclinó y le susurró al oído:
—¿Y qué te hace estar tan seguro de que fue él quien la sedujo? ¿No se te ha ocurrido que tal vez fue tu madre quien se encaprichó con un chico joven, queriendo jugar a ser la sugar mommy como las demás mujeres ricas?
Félix se quedó paralizado y aflojó su agarre.
—¡Eso es imposible!
Aprovechando la oportunidad para salvar su vida, el Cachorro se apresuró a explicarse, jadeando.
—¡Conocí a tu madre en un bar! Ella se fijó en mí y se empeñó en mantenerme. Al principio la rechacé, pero empezó a mandarme regalos caros, a darme dinero... y bueno, poco a poco terminé cediendo. ¡Te juro que no fui yo quien la buscó!
Harto de escucharlo, Félix le propinó un último golpe en la cara, dejándolo inconsciente en el piso.
Todavía insatisfecho, levantó el puño para seguir golpeándolo, pero Nanette lo agarró de la oreja y lo apartó a la fuerza.
Iris observaba la escena muerta de miedo.
Temía que, en su arrebato de ira, Félix terminara golpeando a Nanette.
Afortunadamente, por muy agresivo que fuera, jamás le levantaría la mano a ella.
Al ver al joven inconsciente en el suelo, el gerente del restaurante entró en pánico, llamó a una ambulancia y a la policía de inmediato.
Con todo ese revuelo, terminaron directamente en la delegación.
Nanette había terminado envuelta en aquel lío sin comerlo ni beberlo.
Apenas había probado bocado y ahora estaba perdiendo el tiempo rindiendo declaración.
El Oficial de guardia, al verla, la reconoció al instante.
—Señorita Larco, ¿usted por aquí de nuevo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó