Nanette respiró hondo.
—¿Quieres la verdad?
—Por supuesto.
—Me duele.
Gael sintió una punzada de compasión en el pecho.
—Sabía que te iba a doler, ¿entonces para qué te torturaste bajando a cenar?
—¿Debería pasarme la vida entera escondiéndome de él? —Nanette hizo una pausa de un par de segundos—. Es mejor así, dejar las cosas claras.
—¿Y qué hay de ti? ¿Vas a quedarte llorando en soledad?
Ella soltó una risa amarga.
—Yo misma me busqué esto. Sabré cómo superarlo.
Gael dejó escapar un bufido.
—Lo que me da miedo es que no logres olvidarlo.
Nanette bajó la mirada, tragándose un suspiro.
Por mucho que le costara, tendría que soltarlo.
Ya se lo había dicho a él: eran adultos. Y los adultos debían saber cuándo asumir las consecuencias de sus actos y cuándo retirarse.
—¿Vamos a tu habitación? —preguntó Gael.
Nanette negó con la cabeza.
—Quiero caminar un rato.
La habitación de Noel estaba justo al lado de la suya; lo último que quería era volver allí en ese momento.
—Te acompaño —ofreció Gael.
—Está bien —accedió ella sin rechazar su compañía.
No se alejaron demasiado, solo caminaron por los senderos cercanos al complejo. No sabía si era por su estado de ánimo o por el clima, pero la presión atmosférica se sentía baja, dejando una sensación asfixiante en el aire.
Gael señaló una banca de madera en un rincón apartado.
—¿Te quieres sentar un rato?
—Sí.
Gael se quitó su abrigo y lo colocó cuidadosamente sobre la banca.
—Siéntate sobre esto.
Nanette sintió una oleada de calidez ante el gesto.
—No es necesario, te vas a morir de frío.
Él la obligó a sentarse, empujándola suavemente por los hombros.
—No tengo nada de frío. Pero tú debes cuidarte de no enfermarte, sobre todo ahora que tienes responsabilidades extra. No es fácil cuidar a dos.
Nanette sabía que estaba intentando hacerla sonreír, pero en ese momento, la sonrisa simplemente no llegaba a sus labios.
—La verdad... sí le compraste un regalo a King, ¿cierto? —preguntó él de pronto.
Sin decir palabra, Nanette sacó una pequeña caja de su bolso y se la mostró.
Gael la abrió y examinó el contenido.
—¿Me vas a decir que esto no es un millón de veces más valioso que esos botones brillantes que le dieron?
Nanette soltó una risa cargada de tristeza.
—Es un objeto sin valor, nada más.
—Para mí, es una pieza que no tiene precio en el mercado. Con razón tienes las manos llenas de cortes. Debe haberte costado mucho trabajo.

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