Nanette enarcó una ceja, manteniendo la calma por completo.
Le daba igual.
Si lo pensaba fríamente, tarde o temprano, cuando su vientre creciera, su embarazo saldría a la luz de todos modos.
Solo era cuestión de tiempo.
Galileo, con el rostro rígido y ensombrecido, preguntó:
—¿Qué hizo a mis espaldas?
Yolanda se mordió el labio, sintiendo una opresión en el pecho.
Si le contaba la verdad, ¿qué pasaba si él seguía buscándola y no la dejaba en paz?
Galileo perdió por completo la paciencia.
—¡Habla de una vez!
Yolanda dudó un buen rato antes de soltar:
—¡Se dedicaba a humillarme a tus espaldas!
Nanette casi suelta una carcajada.
Qué cambio de guion tan forzado, pero al mismo tiempo tan patético.
Galileo sintió al instante que la actitud de Yolanda era sumamente inmadura.
—¡Regresa a casa ahora mismo!
Yolanda sintió un nudo de resentimiento.
Si Galileo la hubiera tratado así en privado, tal vez lo habría soportado.
Pero que lo hiciera delante de Nanette, su exesposa, era algo que no podía tolerar.
Las emociones de Yolanda se desbordaron de golpe.
—¡Galileo! ¿Acaso tu actitud hacia mí cambió porque la familia Camoso se vino abajo?
Galileo se quedó helado por un segundo.
Nunca imaginó que Yolanda, siempre tan sumisa y obediente, le soltaría algo semejante a la cara.
Galileo apretó los dientes y le advirtió en voz baja:
—¡Deja de hacer berrinches en público! Si tienes algo que decir, lo hablamos al llegar.
—¡No! —gritó Yolanda, dispuesta a apostarlo todo—. ¡Vamos a dejar las cosas claras aquí mismo, en frente de tu exesposa!
El ceño de Galileo se frunció aún más.
—¡¿Qué quieres decir?! ¡No hay nada de qué hablar!
—¡Pues yo sí quiero hablar!
—¡Yolanda! ¡No pongas a prueba mi paciencia!
Las lágrimas no dejaban de caer por el rostro de Yolanda.
Nanette suspiró en silencio.

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