Nanette se quedó en blanco por unos segundos; cuando asimiló la situación, le empujó la mano hacia abajo a Gael rápidamente.
—¿Cómo se te ocurre quitar el Listón de Deseos de alguien más?
Gael no mostró ni una pizca de arrepentimiento.
—Es que si lo dejo, no se cumplirá.
Nanette no sabía si reír o llorar.
—Eres terrible.
Gael dobló el listón en varios pedazos, le hizo un nudo y, levantando la mano, lo lanzó directamente al bote de basura, antes de decir con el mayor de los descaros:
—Sí, a veces mis acciones dejan mucho que desear.
Aunque lo admitió, lo dijo con una seriedad que, para cualquiera que no lo conociera, haría parecer que acababa de hacer la obra de caridad más grande del mundo.
Nanette ya ni se molestó en reclamarle.
Sabía de sobra que, con él, nunca habría forma de ganar.
De reojo, Nanette alcanzó a ver la figura de Iris.
La muchachita también estaba concentrada escribiendo en su propio Listón de Deseos.
—Oye, ¿de quién crees que Iris escribirá el nombre?
Gael ni se molestó en voltear a mirar.
—A mí qué me importa.
—¿No te da curiosidad?
—¿Por qué me daría curiosidad?
Nanette solo sonrió y no añadió nada más.
De pronto, a Gael pareció iluminársele algo en la mente.
—Pensándolo bien... iré a echar un vistazo.
Antes de que Nanette pudiera detenerlo, ya se había alejado a toda prisa.
Nanette solo esperaba que esa pobre conejita indefensa llamada Iris aprendiera pronto a lidiar con el lobo feroz de Gael.
—¿Srta. Larco?
Nanette hizo una pausa y se giró hacia donde provenía la voz.
Definitivamente, el mundo era un pañuelo.
Eran Irene Mera y Galileo Godoy.
Irene tenía la mano apoyada suavemente en el brazo de Galileo, pero al ver a Nanette, la apartó de inmediato como si quemara.
Nanette no lograba comprender la razón de esa reacción tan extraña.
Irene lucía de muy buen humor, con una sonrisa amplia en el rostro.
—Sabía que eras tú desde lejos, solo con ver tu espalda. Pero Galileo decía que seguro me había equivocado.
Nanette esbozó una sonrisa cortés.
—Qué casualidad.

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