Nanette lo empujó suavemente.
—Ve a la cocina y pregúntales a Melba y Sabina si necesitan ayuda. No te comportes como una visita, esta también es tu casa.
Gael se arremangó y marchó directo a la cocina.
Al poco rato, las risas llenaron la cocina.
Nanette no pudo evitar sonreír.
En realidad, no es que Gael fuera antisocial, simplemente había sufrido tanto que había olvidado cómo relacionarse con los demás.
Ahora, rodeado del calor de una familia, atesoraba cada momento con ellos.
Para festejar que Tina estaba de vuelta, Melba y Sabina sacaron su repertorio completo de recetas estrella.
La mesa quedó cubierta de platillos; era un festín en toda regla.
Todo con tal de que la pequeña sintiera el amor de un verdadero hogar.
A Tina se le hacía agua la boca mirando tanta comida deliciosa.
—¡Guau! Abuela Melba, señora Sabina, ¡son increíbles! ¡Saben hacer cosas riquísimas!
Sabina se quitó el delantal.
—Casi todo lo hizo la abuela Melba, yo solo fui su ayudante.
Melba rio. —¡Qué va! Si yo solo te pasaba las cosas.
—¡Las dos son igual de geniales! —interrumpió Tina—. ¡Son las mejores abuelas del mundo!
Con esa frase, se ganó las carcajadas y el corazón de ambas mujeres.
Nanette le alborotó el cabello con cariño. —Ve a lavarte las manos y a comer.
La pequeña salió disparada hacia el baño.
De pronto, volvió a sonar el timbre.
—Debe ser el pastel que pedí. Yo abro —dijo Nanette.
Como ese día celebraban la salida del hospital de Tina, que era como un nuevo comienzo para la niña, Nanette había encargado un pastel especial.
Gael la detuvo. —Tú siéntate, yo voy.
Poco después, se escuchó la voz de Gael en tono de burla.
—Vaya, esa pastelería sí que es elegante. Hasta mandaron a un repartidor guapísimo.
¿Guapísimo?
Salvo por Noel, Gael jamás había dicho que un hombre fuera apuesto.
Picada por la curiosidad, Nanette se dio la vuelta.
Oh...
Efectivamente, era muy guapo.

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